“La Gunguna: Plátano Western”

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21 de septiembre de 2015 (revisado, mejorado y ampliado el 6 de junio de 2019, a modo Henríquez Ureña).

Ciudad de México.

Advertencia: Contiene spoilers.

Problema, deseo, oponente, plan, batalla, auto-revelación y equilibrio; explicaba Aristóteles, eran los componentes esenciales de una buena historia para contar. Hacer cine en República Dominicana, en su drama en sí mismo. Dotar de su propio lenguaje a la industria local, es poética pura.

Los conflictos de quienes hacen cine en República Dominicana, no necesitan ser explicados. Son los del sub-desarrollo. Muchos han emprendido planes, asumiendo las batallas de la recuperación de la inversión, la crítica, la oferta exportadora y lo más importante, de la búsqueda de una expresión artística.

Una producción del laborioso y talentoso cineasta Juan Basanta, ha hecho que el cine en nuestro país, haya alcanzado un nuevo equilibrio. “La Gunguna”, se auto-revela como una exploración fantástica del género western, en lo que se me antoja denominar un sub-género nuevo, “Plátano Western”. Como pasaba con western sicológicos de John Ford, ha resultado del agrado popular.

El nuevo equilibrio está soportado por los esfuerzos de artistas y técnicos, que colaboraron bajo la dirección de la ópera prima de Ernesto Alemany, un cineasta que sería encantador y aleccionador conocer. La intra-historia o “making of” de “La Gunguna”, merece ser documentada en la Cinemateca Nacional dominicana.

En la sala de cine, mientras disfrutaba de la película, recordaba cuando en nuestra pequeña ciudad caribeña, en una noche tan surrealista como la de Montás, protagonista de “La Gunguna”, el deseo de contarla, ya latía en el corazón de alguien.

Entre amigos, muchas veces he entretenido con una anécdota simpática. Por una suerte del destino, en octubre de 2000, un grupo de dominicanos, compartimos con Fito Paéz y su director musical Guillermo Vadalá, quienes se encontraban en Santo Domingo, agotando la gira de su álbum de ese año “Abre”. Ellos, por vez primera, ante el público dominicano y nosotros, frente a tales artistas. Dos noches antes de su función, los dominicanos en esa mesa de bar de la ciudad colonial, les dábamos una noción de ese público caribeño nuevo, encandilados con el acróbata y el traga-fuegos del circo beat.

Al final de la tertulia, con inesperada gentileza, los músicos argentinos nos invitaron a acompañarlos hasta su hotel la noche siguiente, para ayudarles a organizar la lista de temas de su más reciente grabación “El Rey Sol”. La producción ya lista, debía ser remitida a la mañana siguiente, a su casa disquera Sony en la ciudad de Miami. Si encuentra al pie de los agradecimientos de dicha producción, una mención al “Tribunal de Santo Domingo”, se debe a que éramos abogadas, las que, actuando cual órgano colegiado, votamos para determinar el orden en que cada canción debía de salir. El opening con “El diablo en tu corazón”, fue una resolución a voto unánime de las amigas y colegas.

La anécdota, muchas veces repetida, donde Fito es siempre el centro de la narración, en la sala de cine viendo “La Gunguna”, regresó a mi memoria, desplegada desde un ángulo diferente. Viendo el film dominicano, un detalle periférico de la velada con los músicos argentinos, pasó de sub-trama a trama principal.  De esos elementos que mi memoria solía poner de lado, pues se complacía en recordar la locuacidad, calor humano y profesionalidad del rockero rosarino, y la más modesta y tranquila presencia de su director técnico. Ambos músicos bastante relajados, incluso en los momentos de determinación de los detalles finales de su nueva producción musical.

Gracias a Roger Zayas, quien nos dejo esa encomienda groopie, pues para ese cantante de JLG y 440, conocer artistas internacionales es pan nuestro de cada día, en la mesa de amigos donde le conocimos en el bar de la calle Atarazana “Bachata Rosa”, no había quien me quitara la silla junto a la de Fito. Como la velada fue larga y hasta llevamos al circo beat en plan bar hopping por la zona, a mi amiga Ale, le dio tiempo a despertar a un primo que dormía tranquilo en su casa. Con una llamada por su celular, le puso al teléfono a Fito, quien muy buena onda, invitaba al primo soñoliento, a bajar a la zona y acompañarnos, con su acento austral característico. A la velocidad de rayo, el panita llegó hecho una euforia, se sentó frente a mí y junto al argentino. Su prima le cedía el otro asiento privilegiado a la vera del artista, a sabiendas de lo que aquello significada para el pariente.

Sentada disfrutando “La Gunguna”, era imposible no remitirme a aquel recuerdo, a aquellas plática con Fito sobre arte y cultura, quien entre otras, nos contaba que en esos días dirigía su primera película. Sobre todo, me reía remembrando la cara de total fascinación de aquel pana sentado frente a mí, con la sábanas pegadas de las mejillas y los ojos líquidos de emoción, espejo de mi propio entusiasmo, disputándonos él y yo, la atención del artista. ¡Qué gran sorpresa! El primo de mis amigas Ale y Nat, testigos de aquella noche, supe luego que se hizo (o ya era) escritor. No es otro pero Miguel Yarull, guionista de “La Gunguna”, adaptación de su propio cuento “Montás”.

Como decía Paéz aquella noche, no hay que nacer en Buenos Aires, Los Ángeles, o Liverpool, para crear arte. El trabajo arduo y auto-crítico valen más. El mérito de esta película dominicana, y de su director Ernesto Alemany ha sido comprender la importancia de la colaboración ardua, centrada, detallista y respetuosa, a intervenir, entre todos los que participan en una obra artística colectiva, como el cine.

Si tuviera que describir, como intento en este nota, el lenguaje cinematográfico de Alemany, la comparación que me asalta a la mente, es que el suyo, es una versión audiovisual del lenguaje escrito con caligrafía Palmer; aquella colección progresiva de libritos, que guiaban paso a paso nuestra niñez, por correcta grafología. Sus reglas de filmación son como las de esos cuadernillos, las ejecuta a través de caracteres y formatos sencillos pero elegantes y universales.

Luego de leer el cuento “Montás”, que agradecida recibí aquí en México, enviado y dedicado por su gentil autor, complicidad que agradezco a las primas, celebro aún más, el lenguaje cinematográfico de Alemany, para llevar la pieza literaria al formato cinematográfico. Esto es, la calidad dramática de sus encuadres, la equilibrada distribución de miradas, la repartición de gestos, la expansión a través de la acción, del relato escrito, el peso de los silencios, en especial los de Montás (Gerardo Mercedes). También, la interpretación a través de comunicación no verbal de la autoridad de un personaje sobre otro, su capacidad de filmar el miedo, la frustración y por qué no, en medio de todo, nuestro afro-caribeño sentido humor, ante las adversidades de la vida.

Como Páez y Vadalá, se percibe el respeto y colaboración mutua entre Yarull y Alemany. No dudo que hayan tenido sus pasajes dolorosos. Nunca se dijo que engendrar arte era fácil. Exhorto a leer la colección de cuentos “Bichan. 14 Cuentos Cortos y el de Montás” (2008), de Miguel Yarull. Disfruté al cuentista, tanto como al escritor para cine. Para mí, una lectura de identidades generacionales. Por fin encontré un escritor dominicano, que habla de quienes dentro de la isla, vivimos una etapa de la vida popular dominicana, desde un lenguaje que siento hermanado, con lo experimentado en ese trayecto de historia nacional.

La diáspora quedó liberada literariamente desde “Los Boys” de Junot Díaz. En Yarull, a diferencia de otros jóvenes cuentistas dominicanos, me encuentro dentro de su narración inmediatamente. Ando por ahí cerca. Si sus personajes dan la vuelta en alguna esquina, por ahí estaré en labores paralegales de mis días de estudiante universitaria en los ochenta; o llevando a mis hijos al preescolar en la década subsiguiente. Sus palabras, sus reflexiones, su trayecto a través del drama, son lugares visitados por mis penas y ansiedades de dominicana de clase media, de parecida edad a la del autor. Como explicaría Chocueca (Cuquín Victoria), Miguel Yarull escribe para todos los nacidos entre Radio Guarachita y MTV.

Otros jóvenes escritores dominicanos, de la generación milenio, narran desde el plano cenital. Pintan una historia como un cuadro chino, alejando su visión crítica, su intelectualidad lo más posible de la realidad triste que cuentan. Son el fruto de una liberalización económica, maltrecha en muchos aspectos, pero que les permitió desarrollar, como generación abierta y expuesta a influencias más diversas, una visión crítica de la realidad nacional, de la que logran separarse con una notoria independencia.

Yarull por el contrario, se sitúa como muchas otras almas en pena, somewhere between, los baby boomer como yo, y los nunca bien ponderados miembros de la Generación X dominicana. En nuestro caso, las bombas del booming, fueron detonadas en la Revolución de 1965, por los disparos de la banda colorá’, una fuerza persecutoria siniestra de los años setenta dominicanos, patrocinada por Joaquín Balaguer; y por las lacrimógenas detonadas a los estudiantes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), por las fuerzas policíacas del mismo gobernante.

Como sus coetáneos, Yarull anda dentro de su historia, la camina, pues nuestro espíritu nunca ha dejado de vagar en pena, dentro del encierro existencial,  de una juventud confinada, donde fuimos embriones de un gesta larguísima, que lució interminable. Unos años ochenta malditos, en el vientre de la gran crisis monetaria latinoamericana, apretados por el cordón umbilical de economía de sustitución de importación y amamantados por un liderazgo político octogenario, de los dos principales líderes del país, Juan Bosch y el nombrado Balaguer. Hicimos nuestra vida juvenil, zigzageando en una realidad corta, cuyos límites perimetrales eran, la Zona Colonial, Juan Dolio, Puerto Plata y el canal 18 de Telecable Nacional. Es fascinante leerle haciendo arte del sentimiento de ahogo, en una edad crucial, que todavía pesa sobre nuestras ya encanecidas almas.

Yarull, desde el cuento es guionista. ¡Cómo lo celebro! Al leer “Bichan. 14 Cuentos Cortos y el de Montás”, se puede apreciar que su formación literaria, va aunada con muchas horas/butaca de buen cine. Algo muy propio de una generación de dominicanos que ávidos buscamos el mundo cultural, en los cortos espacios donde se encontraba. Hicimos de las salas de cine, tales como el Plaza, los Naco, la Gran Manzana, el Palacio del Cine, el Colonial, altares de nuestra necesidad de emoción y sorpresa.

Cuando lea “Montás”, apreciará su fuerza animada. Como bien explica Alfred Hitchcock, sobre el cine y Yarull domina con soltura: “Lo que se le acerca más al cuento, cuya regla general es contener una sola idea que acaba de expresarse en el momento en que la acción alcanza su punto dramático culminante. Habrá notado usted que el cuento raramente se encuentra en reposo lo que le emparenta al film.”

Con parecida gracia a la del cuentista Armando Almánzar, Miguel Yarrull, domina una escritura adaptable al cine, porque su narrativa literaria es cinética. Lees en sus cuentos, escenas y secuencias, las que por cierto, me lucen influenciadas por el estilo del mexicano Guillermo Arriaga (“Amores Perros”, “Babel”, “21 Gramos”, “Los Tres Entierros de Melquíades Estrada”).

No le conoces, pero si eres de esa gente que puede decir de memoria los nombres de los cinco VJs originales de MTV, como un cristiano el pentateuco, sabes que estas hablando con tu pana. Ese que sufre del mismo dolor punzante de la frustración en el alma, por no poder cambiar en mucho o en nada, la triste realidad de su nación. Ese que en el guion, como un Diego Velázquez, se escondió tras el personaje del “El Puchy” (Jansen Santana). Ese es Miguel Yarull, el jevito que hizo escritura creativa a mi generación y la dota de un discurso artístico. Es la misma de JuanBa, de Ernesto, con quienes ha unido su talento en esta producción.

Alemany supera un vicio frecuente en directores debutantes: Cuenta la historia de Yarull, sin que la relación psico-sexo-pasional (argot Dominican-ochentoso) que suelen tener los directores con el uso de la tecnología, compita con la trama que ha de ser contada. Esto es, la escrita por Yarull, en su guion literario adaptado, es su mesa de trabajo. Sin menoscabo de ajustes y re-interpretación visuales que únicamente vienen a explicarla y enriquecerla, en el nuevo formato.

Sospecho que fue del director, el acierto en darle al cuento original, una interpretación cinematográfica basada en el western. Esta idea se aprecia, desde la escena inicial compartida por Ascuasiati (Betania) y Terrero (el guardia), en la frontera tropical dominico-haitiana, una re-interpretación artística, de la realidad outlaw que acontece en el árido Sur Profundo de la isla y luego también, en todo el país. Lo afirmamos los dominicanos con frecuencia; la falta de Estado de Derecho, nos tiene viviendo como en tiempo de los vaqueros.

Es por lo que, “La Gunguna”, resulta nuestro “Yojimbo” (1961). Da nacimiento un sub-género, plátano western. Y cabe la pregunta, ¿Se puede hacer del Caribe del Siglo XXI una historia de vaqueros? Akira Kurosawa, en ese filme, convirtió la escena cuasi-medieval del Japón del siglo XIX, en un escenario para una historia western, cuando en un pueblito olvidado, la pistola y a su respectivo pistolero, llegan para desplazar a la espada y al samurai.

En “La Gunguna”, la pistola es la representación de una violencia que hemos heredado de un nefasto causante, el dictador Rafael Leónidas Trujillo. La pistola simboliza ese azar, ese fastidio (para no usar la mala palabra que define mejor, porque soy una señora pequeño burguesa), que niega paso a la democracia y a la vida civilizada en ese nuestro país.  Tal violencia, se manifiesta salvaje y miserablemente se reproduce, en el bajo mundo y en la alta sociedad también, para sostener un conjunto de vicios, tales como, la ambición, la pura idiotez, la ignorancia y el oportunismo. Esos molinos de viento contra los cuales, el héroe de la historia, Montás, desesperadamente intenta luchar, en nombre de todos, nosotros los entusiastas espectadores.

“Yojimbo”, en la generación de mis padres en los años cincuenta del pasado siglo, expresó una idea comprendida más allá de Japón, pues la misma escena ocurrió en algún momento en Neyba, Puebla, Córdova, Harlem, Sicilia o Barranquilla. Era y sigue siendo universal como todo el cine de Kurosawa, y le dio un giro espectacular al género western.

No me cabe duda. Alemany sabe y honra al género, así como, a la película mencionada y a su director; especialmente en la escena de “la tormenta perfecta” que Yarull, siguiendo –consciente o no- la técnica de Snyder, le escribió y el primero filmó. Me refiero a los planos de la secuencia del enfrentamiento de los bandos, un emocionante homenaje a la antológica escena del duelo final en “Yojimbo”. Encontrará el espectador a los extras completando con sus gestos y ademanes la historia, como ocurre en “High and Low” o “Siete Samurais”. Alemany es “de los míos”, ama a papá Akira como yo.

No soy pitonisa, pero me atrevo a vaticinar que “La Gunguna” logrará un efecto similar las nuevas generaciones, al menos, en una escala regional, si consigue como espero, distribución en el resto de América y más allá. ¿Qué otro latinoamericano o habitante de economía emergente o país en crisis como el triste caso de España, por ejemplo, no comprenderá, el mundo ausente de Estado de Derecho, en que vive Montás? Alguien dirá que la trama es urbana y por ende, no califica de western. Sin embargo, quienes vivimos en San Juan, Santo Domingo, Caracas, Ciudad Guatemala, Ciudad México e incluso Madrid ¿No nos sentimos acaso, en tierra de pistoleros sin vacas o caballos, pero de excesiva violencia y ante la ausencia de reglas justas?

El director se concentra en enriquecer con gags, muy buenos pero no demasiado presumidos planos y movimientos, la buena historia que ya está allí y precisa ser contada. Le siento un saborcito al tempo de Guy Ritchie, a su pulcro estilo.

En ese mismo tenor, los actores, no intentan ninguno “robarse el show”. En cambio, prefieren completar con buenas interpretaciones, el conjunto de circunstancias que comportan la trama puzzle de Yarull. Su mejor atributo fue estructurar el ensamble, desde sus respectivos papeles. Lograron no solo interpretar a su personaje, sino coadyuvar a la interpretación de los otros. De eso se trata, de contar juntos una historia, que es circunstancial y no puede desviarse a darle más atención a sus personajes individuales. La historia es sobre “La Gunguna”, esa herencia maldita que nos dejó el tirano y no sobre ellos.

Las escenas están llenas de buenos contrastes. Mantienen impaciente al público sobre quien finalmente se quedará con el revolver, por y para qué. Esa construcción rompe-cabezas de Yarull, parece superar lo que hace años Hitchcock, reveló a Truffaut, en su famosa entrevista, acerca de las películas “whodunit”, que el cineasta inglés estimaba insulsas.

Más interesante es el vaivén entre del elemento narrativo –la pistola- por las distintas manos en que cae. Es el azar dominicano, el “fucú” que Junot explicó con su exquisita literatura. Su recorrido random, es el traveling genial por el cuento de  Yarull. Alemany nos monta en un arnés y nos pasea por la violencia local. Esa en que podemos y solemos caer todos, tan solo por andar con un celular o por querer salir con esa Louis Vutton (fake o real) a la calle. En fin, por cualquiera de esos detalles, que son como el pago de un impuesto adeudado y acreditado, por el mero hecho de sobrevivir en una mala economía y un peor sistema político.

En ese recorrido, a Cruz (Micky), a Saviñón (el gago) y a Ascuasiati (Betania), les toca interpretar personajes muy intensos. Se enriquecen con el contraste. Tienen cada uno, un antagonista, no menos válido. Ou (el chino taxista), Chi Hsu (Chuito), Terrero (el guardia), cuentan otras perspectivas de la historia. La exploración de puntos de vista de esta película, goza de abundancia.

Los dominicanos y latinos en general, reconoceremos en “La Gunguna”, un delicado malabarismo. Ese balance extraño, sorteado en nuestras relaciones sociales y de clase. Ese es uno de los mejores logros del filme. Yarull es tremendo dialogista. Alemany pone su talento y equipo, para manifestar el ritmo tenso de las relaciones interpersonales. La película expone la astucia necesaria, para sobrevivir en el ambiente complicado de nuestra realidad.

El contraste es balanceado y shakesperiano. Cada actor o actriz respeta los atributos de personalidad y dimensiones que el formidable guion les ofrece. Tienen la oportunidad de darles varios registros a sus personajes. Panky Saviñón le saca gran provecho a esta posibilidad. Su “Martín El Gago” es antológico. Es de esos personajes como Joffrey Baratheon (Jack Gleenson). Te llena de ansias. Deseas que  alguien pronto le parta la cara y se haga algo de justicia. Y sin embargo, sabes que alguna vez gagueaste como él, para salir de una. Eso demuestra mucho talento para la actuación. Reconocemos en el Martín el Gago de Saviñón, al villano que todos llevamos dentro.

Según leo en IMDB, este es el primer guion de largometraje de Yarull, para que mayor sea mi admiración. Conseguir que una historia con tantos personajes, no pierda línea argumental, y que pueda además, en el mejor estilo del screenwritting latinoamericano, organizar un drama-puzzle, sobre la posesión ocasional del “rosebud” de su historia. Rosebud es la marca de un trineo y elemento narrativo de una de las mejores películas de todos los tiempos, “El Ciudadano Kane” de 1941. A la inversa de Orson Welles, autor y director de ese clásico, quien nos escondió el objeto hasta el final (el trineo de la infancia de Kane), pero devela poco a poco, al sujeto (el enigmático Kane de la adultez).

Yarull acude a otra ecuación o técnica narrativa: Nos muestra el objeto (la Gunguna), desde el inicio. No obstante, hasta el final, nos mantiene deseosos de descubrir cual de los sujetos, será causahabiente ulterior de la violencia trujillista.

Se trata de una aproximación parecida a la de Farhadi en “La Separación” (2011).  En ese película,  hasta el final nos convencemos que la hija es el centro de la historia, lo mismo que en ésta, lo es Montás. Un estilo, diría, cartesiano-rulfiano. A la mitad del cuento “Pedro Páramo” (1955), del mexicano Juan Rulfo, sabemos que nos narra una historia, un hombre muerto.

Alemany prefirió seccionar esa revelación a mitad de la historia, en lugar de dejarla para el final o revelarla desde el principio, como sucede en el cuento originalmente escrito por Yarull. Con lo cual, la persecución visual del espectador, buscando entender quien es su protagonista, resulta divertida y exquisita. Una lección de suspense hitchckoniano. Como diríamos en la isla ¡Mortal! Alemany “se la comió” con esta solución.

Quisiera comentar todos los personajes, así como, las buenas y variadas situaciones dramáticas de la película, pero escojo solo algunas. Siento algo de Snyder y su obra “Salvando al Gato” en la estructura de la historia, siendo el gato de esta película la esposa de Montás. El ceramiquero se convierte en un nuestro indiscutido héroe, cuando en la penúltima línea de la película, oculta su noche surrealista a la mujer. La salva de ese mundo cruel, en que otras mujeres no tienen más alternativa que convertirse en “cabronas” como los personajes de Betania (Ascuasiasti), la maeña (Bogaert) o Yosimil (Irrizary).

En tanto, Alemany coloca oportunos gags como la niña y el vecino, ambos violentos, en la barriada donde la pareja sobrevive en una pieza alquilada, para retratar la verdadera realidad que nuestro héroe.  Montás logra, aunque sea por ese día, liberar a su inocente pareja, de esa dura como real opción de la mujer, en estas nuestras sociedades. El esquema, es un trato justo de la problemática femenina, en el mundo precario de los países subdesarrollados. Perdón, quise decir, economías emergentes (la misma v….).

Decía Arturo Rodríguez Fernández, maravilloso autor y crítico dominicano, que no hay película dominicana, donde no se mencione Nueva York, Trujillo y Haití. Por fortuna, Alemany  conoce la lección de Kurosawa. Exhorta buscar en la realidad local, el lenguaje universal. Cumple además, gracias a la escritura de Yarull, la regla advertida por el simpático Arturo.

En este caso, no hubo New York, pero sí un pariente cercano: La isla del encanto. Puerto Rico funciona como una representación efectiva del país del dólar, a través de interesantes personajes. Yosimil, mujer puertorriqueña, es un arquetipo fantástico de la mujer que se empodera a través de manipulación, recurso del que, ninguna inocente ama de casa o recta empresaria, ha renunciado del todo. Se necesita para sobrevivir a la asimetría que siempre pesa en contra, en estas sociedades caribeñas desiguales y machistas. Yosimil tiene las mejores líneas del film. Yanina Irrizary la interpreta con sobrada gracia.

Al “Bori”, intepretado por el notable actor puertorriqueño Jaime Tirelli, le toca el rol de revelación, el que nos explica el origen de “La Gunguna”. Es  una de las escenas más duras de la película. Alemany tuvo el buen gusto de recordarnos o informar a quienes lo desconocen, de una manera artística y sutil, los métodos del Trujillato.

“El Haitiano”, interpretado por Toussaint Merione, se encarga de hacer el primer giro de la historia, allí donde descubrimos, de una manera magistral, que Montás es nuestro hombre estelar. Recomiendo muy sinceramente leer el cuento “Montás”. Descubrirá desde el cuento, que Yarull había escrito el drama de esa escena previamente en su mente, casi ya filmada, tipo story-board, guion literario y técnico. Una hazaña magistral.

La intensidad de la escena a través del diálogo que reposaba en ese cuento, hasta que Alemany nos la trajo al cine, es tan emocionante como ver la película. Los tres actores involucrados en ella y el encuadre de Alemany, recuerdan la geometría de Kurosawa (Recomiendo ver este enlace, al respecto del tema: https://vimeo.com/118078262).

Magistral ese también el logro del director, al subirla a la pantalla. La mejor escena de la película. Merionne, digno de ser recordado (y premiado), como Maximilian Schell, en esa única escena de “Julia” (1977). En ella, acentuó la trama y nos regala una emoción imparable.

Esto no es precisamente un trabajo tipo Cahiers de Cinemá, ni soy Francois Truffaut. Ha sido escrito con el corazón, pero también con la cabeza muy atenta al trabajo profesional de los artistas y técnicos dominicanos, así como, de otras nacionalidades, que participaron en la película. Aseguro que puedo escribir mucho más sobre mis reflexiones acerca de “La Gunguna”. Mejor termino aquí, soñando algún día, volver a estar en una mesa de tertulia, como la de aquella noche con Fito y Vadalá. Esta vez con los creadores, artistas y técnicos de la película de mi país.

Como espectadora, doy las gracias a todos los dominicanos que la realizaron. Como aprendiz (insistente) del oficio de escribir e intentar realizar audiovisuales, redoblo el agradecimiento. Son ustedes fuentes de genuina inspiración y motivación.

-Soporto la Gunguna man, loquísima-, como diría el Puchy.

Angélica.

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