“339 AMÍN ABEL HASBÚN, MEMORIA DE UN CRIMEN” UN RASHOMON DOMINICANO

Etzel Báez es un crítico de cine, uno verdadero. Tiene el rigor de la investigación; conoce los movimientos y géneros del cine mundial, como pocos en la República Dominicana. Escribe con acabado rigor sus notas de cine en la prensa nacional, a modo ensayos breves; demuestra en cada entrega, su refinada escritura, pensamiento y la posesión de un apreciable buen gusto por el Séptimo Arte.

Eligió pasar de la crítica, al titánico emprendimiento de escribir un guion de largometraje dirigido por él mismo, valentía que admiro. Para su ópera prima, escogió un tema genial, desde la perspectiva de la denuncia, como desde la expresión artística misma; una historia que le da una posibilidad fantástica de comunicar oportunas ideas políticas, a alguien con entendimiento bastante acucioso, de la posibilidad de fomentar la reconstrucción de la memoria de un pueblo, a partir del arte cinematográfico.

Apenas conocí el título de su obra, ya supe que Etzel Báez probablemente sea el primer director de cine de autor dominicano. Supe además que compartía inquietante preocupación por estimular el pensamiento colectivo, respecto de la verdadera identidad nacional. Quienes somos, quienes fuimos.

Etzel y yo no nos conocemos y ahora además, vivimos en dos países distintos.  No obstante, gracias a los puentes tendidos por la sociedad de la información y la cortesía del señor director, a la casa de esta señora de la pequeña burguesía, que dice saber de cine, llegó la película antes de exhibirse en salas dominicanas. Un honor que agradezco inmensamente a Etzel. Su curiosidad por mis comentarios, me conmueve y me obliga a quedar a la altura de tan buen crítico de cine.

“339 Amín Abel Hasbún, Memoria de un Crimen” es la reconstrucción dramática de un hecho histórico, enredado en el laberinto del Siglo XX dominicano y enmarañado en las contradicciones de nuestro presente nacional.

Antes de pasar a la crítica en sí, de la obra cinematográfica, me permito algunos señalamientos.

Amín histórico

Hace una semana tuve la oportunidad de preguntarle al escritor y director mexicano Guillermo Arriaga, si entendía sus obras universales o locales. La pregunta vino, pues leyendo su última novela “El Salvaje”, la siento mucho más mexicana que quizás los guiones de “Babel”, “21 Gramos” o “Amores Perros”. Me respondió con dos comentarios, una anécdota y una revelación.

El primer comentario fue, -uno escribe de lo que puede, no de lo que quiere.

Lo segundo fue la anécdota. Me contó que en  Corea, unos muchachos se le acercaron para decirle, que “Amores Perros” era prácticamente la historia de su vecindario. –Yo, Angélica (se aprende tu nombre Arriaga tan pronto se lo dices, y te lo repite), entendía que estaba escribiendo sobre cosas vividas en el barrio de Satélite en la ciudad de México.-

La revelación fue respecto de “Babel”. Nunca ha estado en Marruecos, ni hizo ningún tipo de investigación respecto de cómo son y viven los pastores del África sahariana, recreados en la historia. Pero conoce perfectamente a los pastores de Coahuila, México. Como son, como piensan, como hablan.  Se basó en los de su país, para crear los extranjeros, y así dar un toque universal a su historia. No tuvo dudas de que  ambos estamentos campesinos, vivían una realidad muy similar.

Finalmente, me recordó que Balzac decía, -si quieres escribir sobre la humanidad, escribe sobre tu vecino.

Entonces caí en cuenta que la novela que actualmente leo de Arriaga, es tan universal como las demás. Excepto que ahora al vivir en México, reconozco, lugares, leyendas urbanas, expresiones idiomáticas, en las que antes no me detenía.

Pero al final, una buena historia, aunque respecto de un evento trágico y político de los años 70 dominicanos, puede generar la atención del público internacional y multi-generacional.

¿Lo logra el Amín de Etzel?

Del mismo modo que los chicos coreanos le contaron Arriaga sobre percepción de “Amores Perros”, ante tanta cortesía de Etzel, quiero contarle como se me aproxima su película.

Tenía yo 6 años cuando asesinaron al joven ingeniero y activista político Amín Abel Hasbún, hecho histórico que recuerdo perfectamente. Vivía junto a mis padres y hermanos, en un barrio repleto de niños y muchachos que teníamos toda la Zona Universitaria o La Julia, como nuestro gran territorio apache. La Zona Universitaria fue el microcosmos de mi niñez, mi adolescencia y los primeros años de adultez entre los años 1968 y 1990. Llegué de 3 años y salí de 25 de vivir por allí.

Entre las rocas de farallón que divide la ciudad de Santo Domingo en dos pisos, aprendí a leer, escribir, saltar, jugar pelota, al escondido, a ser un verdadero “tíguere” con dos colitas; y luego después, con el llamado hormonal, a esperar el paso de mis primeros amores platónicos,  de unos chicos  nunca se enteraron cuanto los amé; y, a empezar a ensayar una personalidad, como hacemos cuando somos los adolescentes, entre pruebas y errores constantes. En medio de todo eso, crecí con la leyenda de Amín.

Amín Abel Hasbún, al igual que mi hermano Guaroa fue un lasallista. Egresado en 1960 el primero, y en 1979, el segundo. Mi hermano es desde niño un amante de los deportes. Eso lo convirtió en un cariñoso discípulo de Faisal Abel Hasbún,  maestro de deportes del Colegio Dominicano de la Salle, en los años sesenta y setenta y hermano de Amín. Años después, conocería más sobre este hecho desafortunado, al conocer a mi amiga querida Nayibe Chabebe de Abel, esposa de Faisal y mujer de grandes principios cívicos.

Padres y alumnos lasallistas simpatizaban con el carismático maestro, a quien el sistema le mató a su hermano de 28 años en 1970. Amín fue además, uno de los alumnos más brillantes de ese colegio, así como, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), lugares próximos a la casa donde crecí en calle de la Cantera, de la Zona Universitaria.

A diferencia de la generación milenio, los baby boomers al crecer, no teníamos para construir nuestro imaginario, más que la propia realidad. La cara y nombre de Amín,  reproducida en afiches y murales, en las áreas públicas de la Zona Universitaria, las que recorrí miles de veces a pie, jugando al escondido o en mi trayecto de ida o vuelta al Colegio Santo Domingo y el Instituto Dominico-Americano donde estudié, en el mismo sector también, acompañó mis inquietudes, primero infantiles, luego juveniles y aún inquieta mi adultez. La UASD era nuestro lugar de aventuras. Desde ir a ver, los cadáveres en el sótano de la facultad de Medicina, ir a tumbar los mangos de sus solares, a mirar cotidianamente, los letreros que gritaban “Abajo Nixon!”, “Bosch presidente” o “Amín Vive!”, resultan recuerdos imborrables.

Varias de mis amigas del colegio con quienes me juntaba en las tardes, Claudette López Pehna Martínez, Gina Porcella Dubreil y Lilliam Bonelly Canaán, vivíamos todas entre las inmediaciones de la UASD. Y mientras veníamos cantando los temas de La Pandilla, los Bee Gees o ABBA y hablando de nuestras pequeñas cosas, de ida o vuelta a casa, más de una vez, nos sorprendieron las bombas lacrimógenas para acallar las manifestaciones estudiantiles.

Amín, era consigna de lucha de los universitarios rebeldes. Su nombre resonaba entre la muchedumbre que enfrentaba a la Policía Nacional, mientras cruzábamos corriendo para refugiarnos del peligro inminente. Amín era la cara y el nombre de la historia oculta, que por nuestra inocencia no alcanzábamos a entender.

¿Quién fue Amín? ¿Por qué lo mataron? La respuesta ya es conocida. ¿O no?

La pregunta subsiguiente.

¿Qué nos quiere contar y decir Etzel Báez sobre el hecho?

 

Amín cinematógrafico, desde la mirada de Etzel.

Advertencia: Contiene spoilers.

El largometraje inicia in media res, con la investigación del hecho conocido: Amín ha sido asesinado. El objetivo dramático es claro, se desarrolla una investigación, en la Fiscalía del Distrito Nacional. El punto de vista de la historia lo sostiene el Fiscal del Distrito, señor Marino Ariza, interpretado por un veterano de la actuación, Don Pericles Mejía.

Don Pericles, sostiene con sus inagotables recursos histriónicos, la cantidad de momentos que requiere ese primer acto del film. Etzel, claramente se inspira en el interrogatorio que conforma el clásico del director japonés Akira Kurosawa “Rashomon” (1950), por demás, una obra de arte (y mi película favorita), para reconstruir el drama-puzzle del crimen.

Ya vimos al director iraní Ashar Fargardhi, en “La Separación” (2011), lograr un magnífico tributo a la obra de arte del cine japonés y mundial, en una historia que además, inserta elementos de cine-denuncia, como persigue el dominicano.

La diferencia es que en la película dominicana, en mi opinión, este primer acto se hace muy extenso. Etzel se debate entre su interés histórico y su mirada cinematográfica. Es difícil editarse a sí mismo. Pero habría yo eliminado muchos elementos del diálogo que además se repiten. Pero respeto el tempo elegido por Etzel, e insisto muy bien sostenido el punto de vista del fiscal en procura de la verdad, manejado por Mejía. Es cierto que, la primera regla de la escritura, es que no hay reglas. Pero en una siguiente edición de la película, exhorto a su director a recortar un poco más este primer acto.

El encuadre es elegante. Me encantó como Etzel  le hace un guiño a Bernardo Bertolucci en “El Conformista” (1970), al torcer los cuadros en la pared que sostienen la imagen del Presidente Joaquín Balaguer, así como, la cámara misma. Considerando que denuncia una historia ocurrida en el mismo año en que Bertolucci denunciaba hechos políticos de la Italia de los años setenta, el buen cinéfilo sabrá degustar ese sabor a madera antigua que trae la película.

La escena del interrogatorio, para el mismo exquisito deleite, sigue las reglas de geometría del encuadre del ya mencionado maestro japonés. Al principio un poco estáticas las actuaciones secundarias de la secretaria y el personal que aparece en el fondo de la fiscalía. Pero es notorio que el director, notó que debía dar más movimiento a esas expresiones colaterales, en las escenas de los interrogatorios subsiguientes.

Del sonido, creo que también en una siguiente edición, se puede revisar la banda sonora, que podría agregar algunas notas musicales enfáticas. He entendido que la repetición constante de la misma melodía tediosa y soterrada, tiene un propósito anímico que va con lo narrado. Pero una que otra curva musical, en ciertos momentos, no vendría mal.

De las actuaciones secundarias durante el interrogatorio hay varias realmente muy buenas. Mario Núñez (Sargento Mario Portes García) y Ernesto Baéz (Teniente Eddiberto Estrella), están impecablemente creíbles. La entonación, comunicación no verbal, las debidas pausas y aceleramientos de sus respuestas al fiscal, completan el arco trazado por las preguntas lanzadas por Don Pericles. Sus actuaciones son claves, para destacar aquello que el director procura: la fría ironía con la cual se oculta una verdad aterradora.

El diseño de producción estuvo muy correcto, excepto por el corte de pelo a lo Bart Simpson de Ico Abreu, que me distrajo bastante.

Sin embargo, lo que afecta a esta parte de la película en modo que afortunadamente podría ser revisado, en una próxima edición del director, es aquello lo que Arriaga denomina, “escenas de cafetería” que no es otra cosa, que la regla dictada por el dramaturgo ruso Antón Chejóv “Muéstramelo, no me lo cuentes”.

Demasiados detalles del interrogatorio, son contados y no vistos en la pantalla. A la edición que he visto de la película, se le pueden agregar, muchos más entrecortes que los que ya trae. Algo que nos muestren lo que, a decir de los interrogados estaba pasando. Esa es la genialidad de “Rashomon”. Cada testigo del clásico “trial-film”, cuenta una historia diferente del mismo hecho, y Kurosawa nos muestra cada una, hasta la de muerto!

Dicho lo anterior, reitero mi reconocimiento a Etzel, por aproximarse en ese modo de contar los hechos, que a su vez se inspira en  “El Rey Lear” del dramaturgo inglés William Shakespeare. En efecto,  el muerto, es decir Amín, también habla y cuenta el presagio de su propia muerte.

El director tenía y tiene un trabajo madurado en buen gusto y conocimiento técnico, que no dejo de observar pese a mis señalamientos. Aprovecho para aplaudir el sonido y la cinematografía que es más que digna, elegante y con en lo visual, trae un difuminado, que entona con la viscosidad de la investigación trunca. Bravo!

Sobre el tercer y último acto, es decir la escena real del crimen, solo me toca ponerme de pie y aplaudir, al director su equipo técnico y artístico. Desde el No. 339, la influencia de Fahrenheit 451 del director de cine francés François Truffaut, es evidente.

Entre las actuaciones durante ese último acto, Margaux Da Silva, en el papel de Mirna, la esposa de Amín, está en total control. No sé cómo lo lograron tan bien, pero manejaron al bebé a la perfección. Llora cuando se precisa, y se deja cargar de los actores como si fueran sus verdaderos parientes.

Etzel escogió mantener en un misterio todo sobre Amín. En efecto, no vemos su cara hasta el tercer acto, y nunca se le concede un primer plano o close up, a Guillermo Liriano (Amín), que lo trae a la vida, muy bien. Esa es una decisión que respeto pero no comparto. Conozco la técnica de ocultar una palabra o nombre en una narrativa para enfatizarlo. Pero este caso, ese nombre o palabra era Balaguer. Yo a Amín le hubiera dado un acercamiento en algún momento oportuno, en ese tercer acto. Es más, su entrada a escena es de espaldas, y hablando con la joven del servicio. Si hay algún corte por ahí, donde veamos a Amín en primer plano con Mirna, esa sería la entrada a escena, que me gustaría el director reconsiderara.

Por último, y con debido respeto, sugiero agregar un primer acto, de lo que se denomina el “mundo en equilibrio”, en este caso Amín, antes del crimen. O bien, esa puede ser una precuela de esta película. También puede agregarse, en un formato no lineal, para no alterar el inicio, in media res, tan bien logrado en el primer acto de interrogatorio. Así invertido, podría quedar en el final.

Pues, para mi hijo de 20 años o cualquier otro miembro de la generación milenio o persona en el extranjero que no conozca por qué mataron a Amín, sería justo dejarle algo más de inquietud sobre su persona. Podrían ser insertos de fotos o fílmicas si las hay, del Amín real, de sus discursos en la UASD  u otro evento que lo caracterice.

Espero que estas líneas más que una crítica demuestren un profundo respeto por el trabajo de todo el equipo técnico y artístico que laboró en “339 Amín Abel Hasbún, Memoria de un Crimen”.

Agradezco a Etzel Baéz, su interés por mis comentarios, pero más que eso, por su visión del cine y por emprender una carrera como realizador. Desde ya muy interesada en su próxima producción sobre la historia de la luchadora revolucionaria “Mamá Tingó”, Florinda Soriano.

Tenemos cine de autor en República Dominicana. Enhorabuena.

 

Angélica Noboa Pagán

29 de enero de 2017, Ciudad de México, México