1994. A propósito de la serie documental del periodista mexicano Diego Enrique Osorno.

El 1994 o como dice Diego Enrique Osorno, ese año que empezó a ser desde 1993 y terminó en 1995, necesita ser mejor recordado y comprendido. Un período de aperturas y cierres de ciclos. De surgimientos y ocasos. En lo personal, para mí; y en lo general, para México y para la República Dominicana.
Una foto que conservo de ese entonces, muestra una convergencia de eventos en mi vida. En lo familiar, fue el tiempo donde vimos apagarse poco a poco a mi papá, hasta partir en abril de 1995. En la imagen, celebramos los tres años de mi hijo mayor en su preescolar; salgo vestida con traje ejecutivo, pero en colores de luto. Mi papá tenía días de fallecido, yo venía de entrevista de trabajo, pero compartíamos a gusto, con los amigos especiales de mi hijo, un pastel con motivo del dinosaurio Barney.
Muchas cosas empezaban lentamente a cambiar en los noventa. La Escuela Hábil, del mencionado recuerdo, fue uno de los primeros proyectos de educación especial disponibles. Fue organizado por Gloria María Hernández. Por ella y otras pocas personas, se empezaba a sembrar cultura de inclusión y garantías efectivas, en nuestra sociedad. Algo todavía incipiente.
Mi vestimenta se debía a que venía de entrevistarme con Fabiola Medina para una posición vacante en la telefónica Codetel, en asuntos de regulación del mercado de telecomunicaciones, que luego ocupé. El país iba a discutir el nuevo marco general de los servicios públicos de telecomunicaciones, basado en principios de apertura comercial y acceso universal. Ese proceso duraría dos años de gestación y ocupé una posición para apoyarla en el proceso. No podíamos ni soñar las habilitaciones que la sociedad de la información traería para muchas minorías, las mujeres profesionales que trabajan para vivir y sustentar, entre las beneficiadas por el cambio tecnológico.
Previamente, en enero del año en cuestión, el 1994, como cada mes, el Dr. Luis Heredia Bonetti, nos convocaba a todos los abogados que trabajábamos en su firma, en las estimulantes pláticas de sus reuniones del staff. En un mundo sin iPads o Twitter, la agenda escrita a mano del socio-gerente, llena de novedades, anotaciones, reflexiones e instrucciones, salían al espacio hablado, portadas por su elocuencia. El doctor nos distribuía tareas. Era tan ameno orador y entusiasta gerente, que solo pedía ¿Quién quiere encargarse de investigar esto o aquello? Los asociados nos disputábamos los temas, por el mero afán de aprender y participar. En esa ocasión, la reunión de staff, tenía un tema central: el NAFTA o TLCAN, acuerdo de libre comercio, recién firmado  entre Canadá, Estados Unidos y México.
En paralelo, la Administración Bush (padre), planteaba la Iniciativa para las Américas, con especial atención en la Cuenca del Caribe. En las palabras de mi empleador, un tránsito geo-político lleno de riesgos y oportunidades. El capítulo 15 del tratado tripartito entre los países de América del Norte, sobre competencia, monopolios y empresas estatales, ocupó mi especial interés, junto con el informe del peruano Luis Abugattas y el dominicano Federico Cuello Camilo, que recomendaba a la República Dominicana, participante en la Ronda Uruguay, arribar a similares políticas públicas. En ese año, escribí mis primeros dos ensayos jurídicos: Uno sobre oportunidades de joint ventures basados en el Convenio Lomé IV con la Unión Europea; el otro, sobre la necesidad de una ley de competencia en la República Dominicana.
También en 1994 cumplía 30 años. Para toda persona, alcanzar esa edad, es un parteaguas. Finalmente había encontrado mi vocación dentro de mi profesión. En mis primeros años de ejercicio, fui infeliz. No me encontraba a mi misma en la tradicional práctica civilista. No era mi vocación. Todo estaba a punto de cambiar. El Derecho Público dominicano iba a renacer en la década del noventa y tuve la gran fortuna de estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado. A partir de entonces, he adorado mi oficio. Encontré más allá del salario o el ingreso, alimento para el espíritu.
El estallido revolucionario del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en el Estado de Chiapas, al sur de México, en enero y el asesinado del candidato Luis Donaldo Colosio, en marzo de ese año en la capital de ese país, fueron advertencias brutales, para todo país en desarrollo contemplando unirse a esquemas de integración. Los dominicanos conocimos los hechos, principalmente vía CNN y las agencias Reuters y EFE. Me recuerdo sentada en una mecedora, frente al televisor de mis padres, donde cada sábado íbamos a comer, viendo con Hugo Sebastián, mi hijo de dos años en los brazos, toda aquella tragedia.
De mis padres aprendí a amar México. Ellos como todos los de su generación de dominicanos, veían al país azteca con ojos amables y enamorados. En su juventud, el llamado “milagro mexicano” fue esplendoroso y lo disfrutaron en grande a partir de sus artistas populares, tales como Pedro Infante, María Félix, Agustín Lara y otros más, cuando el dictador Rafael Trujillo los traía al país en la llamada “Semana Aniversario” de Radio Televisión Dominicana. Todo gobernante autoritario, sabe que debe dar algo de circo.
En 1973, mi papá hizo un viaje épico al entonces D.F., de donde vino con muchas historias, fotos con la Viridiana y Chanoc, tres ponchos para sus hijas, entre ellos, uno pequeño y morado para mí, símbolo que luego elegí para describir en tres palabras mi pasión por el arte y la cultura: “el poncho morado”.
México era lindo y querido para ellos. Y al igual que en ocasión del gran y nefasto sismo de 1985 y en general, durante toda la crisis monetaria de esa década del ochenta, frente al televisor, estuvimos en esos días de 1994, llenos de tristezas, viendo estos otros eventos desafortunados. Aquel cinemascope de los Estudios Churubusco parecía fundirse a negro.
El 1994 mexicano, alertó que la globalización acelerada por las negociaciones de la Ronda Uruguay, proceso concebido por y para beneficio de Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y Japón, -todavía hoy en expansión- no conciliaba un drama profundo al seno de naciones en vías de desarrollo. Esa era chamba nuestra y Luis Donaldo Colosio lo tenía bien claro. La globalización no era la meta. Era el nuevo orden. Algo injusto en la construcción de las estructuras de poder en América Latina, no iba a ser resuelto por la automática adopción de nuevas reglas comerciales o económicas y por la sugerencia de reducir el tamaño del poder, con nuevas reglas de contratación pública.
A pesar de que se trataba de una coyuntura crítica que rebasaba la realidad mexicana, y alertaba a todo país en vías de desarrollo, convocados por los desarrollados antes mencionados, a la Ronda Uruguay de negociaciones multilaterales de comercio e inversión, un estado de negación nos alcanzaba entonces a los dominicanos. Espero esta vez, que gracias al excelente trabajo de investigación documental de Diego Enrique Osorno, lo rebasemos.
“Eso es en México” se decía entonces en República Dominicana. “Aquí las cosas son distintas”, sin mucha meditación, se repetía, en cualquier conversación de esquina. “No tenemos poblaciones indígenas, ni guerrillas”. “A Colosio lo mataron los narcos mexicanos de la frontera, aquí no tenemos ese problema “. Todo eso recuerdo haberlo oído en mi país en 1994.
Algo en nosotros siempre tiende a descartar que la lección política ajena, es también propia. Nos creemos únicos, pueblo elegido por Dios (por oposición a Haití), terrible afirmación que se dice en voz alta. A pesar de que la enseñanza y alerta venía del país que Pedro Henríquez Ureña llamó el Hermano Definidor, nos creíamos y nos creemos todavía, con capacidades mejores y circunstancias más favorables.
Me apena contar que casi cinco años después de vivir en México, y querer compartir por todos los medios posibles mi emoción y sorpresa por esta nación que sigo cada día descubriendo, y no me refiero a un conocimiento meramente turístico, jurídico o económico, sino emotivo, desde lo cultural y social, todavía en mis viajes a Santo Domingo, me repitan desagradables preguntas y afirmaciones que no voy a repetir, pero son muy duras. Los dominicanos somos rápidos y ligeros para el etiquetado. Categóricos, concluyentes y terminales.
Esos comentarios me entristecen profundamente. Más por quienes los dicen, que respecto de quienes lo dicen. Los latinoamericanos que no leemos como deberíamos y en ese grupo los dominicanos vamos a la cabeza, hemos elegido conocernos los unos a otros, a partir de CNN, las telenovelas, los programas de variedades y Hollywood. No juzgo a nadie por caer en el prejuicio. Más bien me toca entender de donde este proviene, tener paciencia y servir canal de comunicación y conocimiento. Pues como me dice mi amiga Mirna Amiama, yo ya llevo a México en la piel.
Esas ideas, no son más que la expresión de ese fenómeno que padecemos los dominicanos, según explica la dominicana y Doctora en Psicología, Josefina Zaiter viuda Zaglul. Somos víctimas inconscientes y colectivas de una “inception” al estilo del cineasta Nolan. La percepción de vernos como una perla única y exquisita del Caribe, es una conducta psico-social, inseminada en nuestras mentes por la dictadura. Sobrevive y cruza como herencia, de generación en generación. Existe un ensayo de la autoría de la mencionada doctora en Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y cónyuge del excelente siquiatra y autor dominicano Doctor Antonio Zaglul, que analiza ese fenómeno científicamente. Disculpen que no ofrezca el nombre de la obra de Zaiter. La conservo en mi casa en Santo Domingo. Aprovecho para enviar un abrazo a Josefina, a quien tengo años sin ver, si alguien que lea esto la conoce.
Explico con mis palabras, lo que leí en el trabajo de la doctora. Estamos programados los dominicanos para manejar una opinión generalizada, en el sentido de que somos básicamente, la última Coca-Cola del desierto. Los intelectuales del trujillismo hicieron una efectiva colocación de esa idea en nuestras cabezas. Nuevos intelectuales al servicio del poder la han reproducido, para consentir nuestro engreimiento. Eso es buenísimo para quien controla, que la gente se crea, por el solo hecho de nacer en una mitad de una isla, ungida. Nada más cómodo que esa sensación de satisfacción, para mantenerla inmóvil.
Justo es decir que, en mi opinión, la generación milenio dominicana, es notoriamente más libre y honesta. El libro de Zaiter fue escrito hace más de 15 años, quizás 20. No los abarca en su análisis. Me parece que los milenio dominicanos, no creen en la historia única que nos repetimos. Precisamente uno de los elogios que merece el documental 1994. Se desprende de ese vicio. El periodista Diego Enrique Osorno, su creador, le dio la palabra a todos, zapatistas, colosistas, panistas, salinistas, familiares del difunto y los temidos protagonistas, los hermanos Salinas de Gortari.
Es más, los milenios dominicanos, no creen en la moda única, el peinado único, la sexualidad única y todas esas verdades únicas con que administramos nuestros temores al cambio. Ellos, beneficiados por nuevas fuentes de conocimientos e información, preciso señalar, obtenidas gracias al componente de apertura cultural, que trajo aunada la globalización económica, es la primera generación de dominicanos, que poco a poco, se está desprendiendo de esa “verdad sistemática” que en realidad, es una gran mentira que nos venimos diciendo y creyendo.
No, no somos especiales. Si somos graciosos, simpáticos, espontáneos, laboriosos, pero es eso. Esos atributos se definen con esas mismas palabras cada uno. Somos como todo otro homo sapiens, no hay un toque divino. Somos una parte pequeñita de la humanidad. Nos alcanzan sus luces y sus sombras. Si bien, hemos heredado o desarrollado circunstancias valiosas, derivadas de una historia singular y una geografía insular, al final de la jornada, respondemos, de manera no muy alejada de patrones de comportamiento humano, ante el poder y su abuso como pasa en otros pueblos: Hay dominicanos valientes, justos, éticos, plurales; y los hay cobardes, abyectos, racistas y xenófobos, como sucede en otros conglomerados del planeta, México incluido.
En 2015 vine a vivir a México. De nuevo, el renacer en mi vida, vino acompañado de un ocaso. A dos meses de llegar, mi mamá, veinte semanas santas después, siguió a mi papá, partiendo de este mundo. Ambos se fueron en las horas siguientes a la Resurrección, uno en 1995 y la otra en 2015. Abracé la metáfora conjugada en el modo de partir de mis progenitores, para decirme que debía hacer yo a seguidas. Ser y hacer a mi familia, muy feliz en ese México, donde nos trajo el destino, era lo que continuaba.
Gracias a Osorno, descubro que en el campus Universidad Anáhuac donde mi hijo Simón y yo entramos a un México cultivado a estudiar, fue donde Luis Donaldo Colosio, entonces maestro y Diana Laura Riojas, su alumna, se enamoraron. En Anáhuac, Simón entró al mundo del diseño multimedia que adora y es su vocación, al abrigo de la tradición artística mexicana, sus metodologías y técnicas. Alex Sánchez, esposo de prima Eva Leticia y profesional del ramo, me hizo consciente hace poco, de que mi hijo está estudiando, en lugar donde desde los tiempos del muralismo, las reglas sobre arte visual se crean y no se imitan de ninguna otra fuente. En Anáhuac Simón encontró su lenguaje profesional.
Yo vine a descubrir en la escuela de postgrados de derecho, todo lo mucho que le TLCAN sirvió para levantar a este país de la década de perdida, los ochenta. También todo acerca de la inflexión política e institucional de México a partir de 1917. Pero también, los maestros nos enseñaron a esa aula donde coincidíamos una dominicana, un colombiano, una norteamericana, un oaxaqueño, una michoacana, una guerrerense, varios chilangos y otros más, todo lo que quedó atrás o los abusos perpetuados, y cómo se responde en una lucha día a día, por corregir institucionalmente, a esas injusticias estructurales, desde diferentes sectores bastante pujantes.
El Derecho de la Empresa, que estudié y se enseña en Anáhuac, se sitúa en la función social de la empresa. Es una lucha difícil pero viva, que llevan a cabo muchas iniciativas de la sociedad civil mexicana, en especial luego gran crisis financiera mundial, producto de la desenfrenada globalización ocurrida en 2008.
Uno de los más importantes aliados del afán por la transformación social, que he encontrado en México, es el sector cultural. Al llegar aquí, uno de mis primeras andanzas por el circuito teatral de Cd. Mx., fue ir a ver el monólogo actuado por el actor internacional Diego Luna y escrito por el joven dramaturgo oriundo de Veracruz (jarocho), Alejandro Ricaño “Cada vez nos despedimos mejor”. Ver esa obra teatral, fue como un bautizo de fuego para mí. Quedé asombrada por la llama del “happening” del México artístico actual.
Sueño con el día que la obra teatral sea reproducida íntegra en Netflix, donde todos la vean. Hay algunos segmentos colgados en YouTube. El monólogo es una especie de Forrest Gump mexicano. Cuenta la historia reciente de este país de 1979 al 2012, visto desde el ángulo de la historia personal y de amor un chilango. Lo repasa todo. El gran sismo de 1985, Chiapas, Colosio, Salinas, el PRI, el PAN, y lo que significó para ese personaje que representa al mexicano de hoy.
Creo que desde ese momento empecé a entender, lo que mi amigo Frank Abate me enseñó. Este es un país-continente. No el de las narco-telenovelas, ni se reduce a entenderlo a partir de una declaración o acto específico, provenientes sea del Chapo, Peña Nieto o AMLO. Algunos dominicanos tenemos que escapar de la práctica de llegar a conclusiones, a partir de lo visto por tres minutos de CNN, sin que tenga yo nada contra ese canal de noticias.
He intentado leer algo distinto a libros de derecho o economía, para mejorar mi propio entendimiento de lo que estoy viviendo. Autores contemporáneos como, Alberto Ruy Sánchez, Elena Poniatowska, Alejandro Paniagua, Marcos Daniel Aguilar, Luis Humberto Crosthwaite, me han permitido apreciar la sensibilidad y el sentido de compromiso del mundo de cultural por el pueblo mexicano, respecto de las deudas sociales pendientes y la reivindicación de la riqueza de la diversidad cultural de este país.
Viendo el documental 1994 de Diego Enrique Osorno, junto a los nuevos aprendizajes que nos trae, reencontré el país que he descubierto, en las academias donde he estado estudiando, en el mundo laboral donde me desempeño, pero sobre todo, en el amoroso afecto que recibo de mis amigos y hasta simples conocidos con quienes tengo interacción. Un comentario negativo y ligero sobre México me duele igual, que un comentario negativo de la República Dominicana.
Osorno me permite explicarles mejor a los dominicanos, porque me emociona tanto que me manden a chambear a las oficinas de Tijuana, Monterrey y Ciudad Juárez, de la firma de abogados donde laboro. El documental muestra el perfil de ese hombre y mujer norteño mexicano, tan parecido a nosotros en lo bueno, lo alegre, lo arrojado. Luis Donaldo Colosio su más acabada descripción. Mi primer trabajo en este país, fue en una empresa que desarrolla un proyecto de energía renovable en el Estado de Sonora, lugar de nacimiento del asesinado candidato a Presidente de México.
1994Por dos meses, tuve que levantar un inventario de 22 mil hectáreas de terreno ejidal. El ejido es una figura del derecho inmobiliario mexicano, nacida con la Revolución. Los líderes de la Revolución de 1917, entregaron la propiedad de la tierra a los campesinos. No fue hasta el sexenio de Salinas de Gortari (1988-1994), que la propiedad ejidal se pudo traspasar, siempre con el consenso de todo y cada uno de sus miembros. Este fue un acierto de ese gobernante, pues los campesinos y comunidades indígenas necesitan participar de la dinámica de intercambio de la economía industrial y no quedarse viviendo bajo los estándares de la economía agrícola.
Evitemos las afirmaciones categóricas. Hay que conocer, investigar. Si no le gusta leer, vea documentales. Hay muy buenos en Youtube y Netflix. Puedo referir algunos. Para entender el de 1994 mexicano, vaya a trabajos sobre el 1968, al milagro mexicano, a la Revolución de 1917, al Porfiriato, a la Nueva España, a la Conquista y a todo lo antes de ella aquí existía. El nuevo cine mexicano es también riquísimo en los géneros de drama, humor o denuncia.
Del Sur de este país, me enamoré desde la intimidad del hogar, gracias a mis queridísimos amigos oaxaqueños Omar Martínez y Abril Castañeda. Chiapas como Oaxaca son los estados más pobres en términos de economía, pero más ricos en diversidad cultural. Son dos paraísos espectaculares en riquezas naturales. El Creador exageró en hermosura geográfica y antropológica. El piropo más grande que me ha hecho un mexicano, fue preguntarme al ver mi color de piel, antes de escuchar mi acento caribeño, si yo era del Istmo de Tehuantepec, lugar lleno de hermosas mujeres mestizas. De esa región, viene arte de la más exquisita calidad, como la poesía de Rosario Castellanos y la pintura de Rufino Tamayo.
La idea de que un intelectual de la UNAM, a quien el mundo conoció en 1994, bajo el seudónimo Sub-Comandante Marcos, todavía hoy defiende una causa social de esa región, merece al menos el respeto de los dominicanos, que quizás ya no tengamos a alguien que se haya mantenido del lado de los más desfavorecidos, por tanto tiempo.
Crecí al abrigo del movimiento pacifista y anti-bélico popular de la contra-cultura de los años sesenta y setenta. Sin embargo, sería muy superficial y tonta, si juzgo una lucha armada, sin entender las coyunturas por las que surge. Osorno la expone con claridad.
Un descendiente de dominicano sí se esfuerza en comprenderlos y ha ido al amparo de esta región. Es alguien que busca entender el reclamo de las poblaciones originarias de México. Experto en lenguas aborígenes, uno de los dos nietos mexicanos de Pedro Henríquez Ureña, hijo de su primogénita Natasha, vive y sirve de puente, para aprender de sus conocimientos milenarios y defender sus derechos originarios. Eso lo supe hace poco, gracias al pasado embajador dominicano en México, S. E. Fernando Pérez Memen y mi gran amiga y pasada funcionaria diplomática dominicana, María Isabel Castillo. Desde entonces, quiero ir a Chiapas a visitarlo.
Del poder de equilibrio que ha de surgir de la clase media y metropolitana, con acceso a la educación, el documental nos muestra el testimonio de los colosistas. Gente con las mejores oportunidades, pero valiente y comprometida con la agenda social, con un México más justo e incluyente. Ese segmento es amplio y compactado y poco conocido por quienes desde fuera, se manejan desde el prejuicio.
El documental me permitió hacer valoraciones personales. Me puso a recordar donde estaba yo hace 25 años y donde me sitúo intelectualmente ahora. Me complace decirle a Diego Enrique Osorno (vía Twitter) que me llenó de fuerzas. Muy amablemente el director del documental, hace un día, respondió a breves elogios que le hice por esa red. Le comentaba que me había fascinado la fotografía del documental, el saludo que este le hace al muralismo mexicano, en los encuadres de las ciudades de Tijuana, San Cristóbal de las Casas, Ciudad de México, Magdalena de Kino y de los sets de los entrevistados. Osorno, como si fuera un viejo conocido, me contestó que el mérito era de Axel Pedraza, director de fotografía. Concluí el intercambio explicando el impacto que la serie documental, había ocasionado entre dominicanos. Mandó saludos a todos en República Dominicana.
De su valioso trabajo destaco, lo que a mi hermana Leticia, a mí y seguro a muchos, más nos gustó: El rescate de la figura de Diana Laura Riojas viuda Colosio. Mujer de gran fortaleza espiritual y temple. Al borde de su propia muerte, centrada en apoyar la empresa política de su marido, y cuando este faltó, en dejar a sus hijos un legado ajeno a los rencores y las venganzas.
No es cierto que las ideas de desarrollo económico e igualdad social están divorciadas, si en el corazón de las personas que trabajan en su debida configuración local, se manejan con sentido de equilibrio y criterios de justa distribución. El legado de Luis Donaldo Colosio es de toda Latinoamérica y manifiesta gran pertinencia actual. Les invito a ver el documental mencionado en Netflix; a oír al propio Colosio, en su discurso del 6 de marzo de 1994. Se puede encontrar en YouTube. Me da inmenso gusto encontrar que ese día, el líder extinto, gritó tantas cosas en las que creo, que he estudiado, sobre las que he escrito, que procurado enseñar a abogados milenio y respecto de las cuales todavía sigo aprendiendo y debo seguir dando mucho más.
Hubo un 1994 dominicano. Haga usted sus reflexiones sobre las causas y efectos similares al mexicano. Ojalá algún periodista-cineasta se anime a documentarlo. No dejemos morir nuestro pasado reciente. Hay mucha dignidad en ese relato. Debemos rescatar esa herencia para nuestros hijos. Les pertenece. Su pertinencia actual es innegable.
Angie