Un tesoro cuidando a otro

El sábado pasado, mientras esperaba a un grupo de amigos convocados para una visita guiada a la Catedral Metropolitana de Santo Domingo, Primada de América, de pie bajo la estatua de Cristóbal Colón, ubicada al centro del parque con el mismo nombre a la vera del templo, contemplaba la escena a mi alrededor. Eran las 10:30 de la mañana cuando los primeros turistas internacionales bajaban de los autobuses. Siempre es grato ver el repetido asombro en la cara de los extranjeros, gente que viaja largas distancias, y descubre de buenas a primeras que, además de sol y playa, la República Dominicana esconde otros tesoros.

Lourdes Noboa Herasme, custodia del tesoro catedralicio.

En la esquina pintoresca a mi derecha, algunos pocos dominicanos, desayunaban en el restaurant tradicional mejor conocido como el Palacio de la Esquizofrenia, porque reúne a la bohemia plástica y literaria de la vieja ciudad. Su nombre original es Restaurant Conde de Peñalba. Un vestigio de lo que fue esa cuadra, la principal de la Zona Colonial de Santo Domingo por siglos, hasta hace algunas décadas. El resto de los comercios permanecía cerrado, luego de haber servido la noche anterior al otro grupo de visitantes frecuentes de la Zona: la juventud. En esa tanda, son los dueños de la parte vieja de la ciudad.

Los capitaleños hemos sido atraídos por la poesía callada que se desprende de muros de argamasa de las edificaciones coloniales de la urbe más antigua del continente americano; hoy día, un barrio mágico de la capital dominicana. La Zona, es un conjunto de cuadras protegidas por el Mar Caribe, el Río Ozama y la muralla colonial, que todavía bordea segmentos de su perímetro. Su parque central atrae a juventudes, en tiempos más recientes, solo quizás a la bohemia. Sor Juana Inés de la Cruz, Ruben Darío y René Pérez Joglar (Residente), para solo mencionar tres, son de los poetas que han sido cantados en el Parque Colón. Por ese parque abre sus puertas la Primera Catedral del Nuevo Mundo, María de la Encarnación.

Esperando a mis amigos, pensaba en la escena de exteriores a mi alrededor. Fueron llegando poco a poco, para ir al interior del recinto religioso a disfrutar de la visita guiada de la mano de Lourdes Noboa Herasme, quien desde hace poco más de 30 años es la Encargada del Tesoro de la Catedral y luego también de Educación, además, es mi adorada tía. Sin comentarlo con ellos, me preguntaba parada junto al Almirante, por qué nuestra catedral me era un tanto ajena, más allá del hecho de que no frecuento oficios o cultos religiosos.

A esa misma hora, el Zócalo de la Ciudad de México, lugar homólogo al parque en que me encontraba, estaría ocupado por el mexicano de a pie, otros que llegan en transportes privados desde otras colonias, para disfrutar del arte del país azteca que semanalmente se turna allí en exposiciones y conciertos. A su lado, la Catedral Santísima Virgen de los Cielos, se siente del pueblo, porque el pueblo mexicano no parece dejarla a solas a ninguna hora. Un lindero de personas la rodean, buscando atraer al turista con algún souvenir o solo con la mano extendida, pidiendo limosna.

Los atuendos indígenas de los pordioseros provocan en el visitante la prisa por sacar el celular, para llevarse una estampa fotográfica colorida, formada por los tonos sobrios del templo y los encendidos del atuendo campesino mexicano de las personas que forman un rosario frente a la Catedral Metropolitana. Pero el sincretismo religioso, no convierte la limosna en transacción. La foto, más que una ofensa al mexicano original y humilde que pide de favor una moneda al turista, constituye un hurto a su alma. La limosnera, recostada de los muros de la catedral que la protegen del frío y la desesperanza, no tardará en reprimir al turista que, sin su permiso, procure el retrato de su fidelidad a lo invisible, representado por una enorme edificación visible, a sus espaldas.

Al entrar a nuestra Catedral con mi grupo de amigos al paseo guiado, al igual que en México, encontramos devotos madrugadores en busca de las respuestas que les ofrece la palabra de Dios. Desde temprano oran o esperar los primeros servicios en absoluto y sacramental silencio, que nosotros, que habíamos llegado conversando debimos respetar. Divisé a mi tía, como siempre regia e imponente, al fondo del inmueble en espera puntual. Además de la alegría de volver a verla, su figura al final de ese lugar me sobrecogió. La arquitectura invita a recordar nuestra pequeñez e insignificancia ante los misterios del cosmos, a criterio del creyente católico como ella, gobernado por un solo Dios, justo y bondadoso. Será por eso que siempre sonríe, vive feliz, dispuesta a la labor y a la conversación amena.

Caminando hacia ella pensaba que, a esa misma hora, jóvenes de mi país por varios días consecutivos se acercaban, para nada callados, a otro espacio público: la Plaza de la Bandera. Así como los feligreses concentrados en su oración, y acaso nosotros mismos, los muchachos aglomerados en esa plaza, al otro lado de la ciudad, buscaban una respuesta. Los primeros, sumidos en su fe, parecían confiados en que iban a recibirla del Padre. Los muchachos en la Plaza de la Bandera avisaron que estarían ahí el tiempo suficiente, hasta que se le diera una respuesta creíble, a una pregunta, un tanto más terrenal; esto es, por qué se habían suspendido los comicios electorales el pasado 16 de febrero. Y nosotros ¿Qué hacíamos esa mañana de una semana histórica en la Catedral, mientras al otro extremo de la ciudad, el país se redefinía en un nuevo punto de inflexión? ¿Tenía mi tía algo más que mostrarnos, además de reliquias antiguas?

Anuncié la visita como un paseo con una guía conocedora del valor del inmueble e inventario de bienes muebles del lugar religioso, pensando que el valor se debía, en esencia, al hecho de que eran antiguos y confeccionados con metales nobles y piedras preciosas. Sabía que el Arzobispado de Santo Domingo conserva ese patrimonio de todos, en un minucioso inventario; y por todos, no me refiero solo a los dominicanos. Se trata sin dudas, de un patrimonio cultural tangible de valor universal. Pero esa mañana descubrí que detrás del tesoro material de la edificación y sus pertenencias, la iglesia/museo, preserva intangibles inventariados en las emocionadas palabras de nuestra guía. En una hora y media paseando por las naves, capillas, pasadizos secretos, cripta y exteriores, de su mano, conseguí respuestas a preguntas que no salí a buscar ese día, al menos en la Catedral.

Traje de novia de su hija Guillermina confeccionado por ella, foto bodas y junto a sus nietos

Con doña Lourdes, la Catedral Primada de América es un espacio abierto lleno de puertas y pasadizos de nuestra Historia emotiva, que conectan directamente con lo que ocurría en la Plaza de la Bandera. El Parque Colón, por siglos, un centro de encuentro social y político de importancia meridiana dejó de serlo, hace apenas cincuenta y tantos años. Su relevancia se extendió hasta los días en que Juan Bosch, siendo un presidente constitucional en el año 1963, se sentaba a conversar con la juventud sobre democracia y justicia social.

Los motivos por los que el Parque Colón perdió el protagonismo son comprensibles. En las décadas que siguieron, la densidad poblacional de Santo Domingo aumentó exponencialmente, la ciudad creció formando nuevas y alejadas urbanizaciones, mientras que la juventud dejó de reunirse en los parques. Desde la inauguración de Plaza Naco, en los años setenta, la juventud de clase media y acomodada de la capital y otros pueblos, y más recientemente la que vive en barrios humildes prefiere los centros comerciales, y en su defecto, las redes sociales, como punto de reunión. A diferencia del Zócalo mexicano, el Parque Colón, que data de la Era Colonial como el primero, dejó de ser con el tiempo, epicentro de luchas políticas y sociales entre otras razones, por su pequeño perímetro. Otro parque más desahogado y republicano, el Parque Independencia, se convirtió en bastión de la democracia en Abril de 1965, cuando la juventud de esos años, tomó las calles para reclamar el regreso a la constitucionalidad y el fin de la crisis que se inició con el golpe de estado contra el presidente Bosch, a meses de ser elegido en los comicios.

Ese mismo día del presente año 2020, cuando doña Lourdes nos mostraba la Catedral, que fue bendecida con una misa el 31 de agosto de 1541 por Alonso de Fuenmayor, en la Plaza de la Bandera, otras reliquias del espíritu se exhibían. Desde el día 17 del presente mes, los jóvenes han tomado ese lugar que suele permanecer vacío y cuyo diseño tiene por fin ser la sede de oportuna logística militar en la eventual ocurrencia de un estado de sitio. Gente de menos de veinticinco años en su gran mayoría, este mes de febrero la convirtieron en algo distinto. La Plaza de la Bandera se convirtió en el lugar de renacimiento de las utopías democráticas.

Nadie sabe para quién trabaja, mi cuñada Sandra Tejeda suele decir con mucha gracia y este febrero la recordé. Estoy segura que a Joaquín Balaguer jamás le pasó por la cabeza cuando ordenó su construcción, que una nueva generación de jóvenes dominicanos, cuarenta años después, tomaría su Plaza de la Bandera, a través de una apropiación pacífica, oportuna y civilizada, para exigir por diez días consecutivos, hasta el 27 de febrero día de la Independencia Dominicana, respuestas y garantías. No son nuestros recursos naturales, las habitaciones hoteleras, ni las élites empresariales o intelectuales, nuestro más valioso reducto. Es la juventud de todo estrato social, que plasmó en cartulinas y pedazos de cartón, lo que lleva en el corazón. Además de un cartel, un marcador y su sentido común, portan otra arma indestructible y poderosa: el legado de abuelos, padres, y también abuelas y madres como mi tía Lourdes, por cuya historia oral, los principios democráticos nunca han dejado de fluir. En sus mensajes en cartulinas y carteles de cartón, de pocos caracteres, mucha sabiduría y entrega, hemos comprobado que la utopía latente cuidadosamente conservada en el hogar dominicano, aguardaba a quienes la invitaran de nuevo a pasear por las calles de Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata y el resto del país.

Siendo las 11:00 de la mañana de ese veintiuno de febrero que recordaremos por los eventos tensos posteriores a la cancelación de las elecciones, doña Lourdes, custodia oficial del tesoro catedralicio, iniciaba con voz firme mezcla armoniosa de autoridad y dulzura, su explicación magistral. No quiero estropear a otros el paseo, avanzando detalles que solo ella explica con un hilo narrativo encantador. Solo he querido documentar lo que junto ella descubrí. En suma, me apropié con sus palabras del valor intangible de ese lugar. A partir de ahora es una casa de muchas puertas, por donde podré ver entrar y salir, a criollos escondiendo el patrimonio de la Catedral de los piratas, a los primeros nacionales dominicanos sepultar a dos jóvenes y un emigrante que lo dieron todo, desde la vida hasta las riquezas, para darnos una identidad propia. Para esos feligreses, Juan Pablo era un primo, Matías, un amigo o Francisco, un esposo. Solo tiempo después pasarían al Altar de la Patria como héroes sin tiempo. En una esquina, la guía te pone a sentir el duelo de sus pérdidas, cuando fueron hechos recientes.

Fotos de juventud de doña Lourdes. Abajo a la derecha, con sus hijos

Recordaré que las sucesiones del poder, en ese caso, del poder español al francés y de regreso al primero, no aseguran, por la mera alternancia mejores tratos. Y que desde cuando en nuestro país había transacciones para derivar lugares privilegiados a cambio de subsidio, como informan ciertas sepulturas. Esa es nuestra historia y lejos olvidarla, ese hábitat religioso que implora respuestas a un Dios amado por muchos dominicanos, la recuerda. Es maravilloso entrar a ella por los canales de la conversación de doña Lourdes.

En su relatoría, siglos se vuelven días, las brisas de otros febreros patrióticos entran por sus portales; sus explicaciones permiten entender que la Restauración, además de bélica fue cultural y no en vano en ese renacer fueron descubiertos los restos del Almirante en ese lugar. Cada pieza allí conservada cuenta la historia de orfebres que vinieron al Nuevo Mundo, porque en los Siglos XVII y XVIII el Antiguo Régimen hacía los oficios miserables en Europa, ajena todavía a libertad de empresa. El oro y la plata de que están hecho cálices, crimeras, ciriales y otras reliquias religiosas, provino del trabajo esclavo del negro africano, el indígena taíno y el de obreros sometidos de las minas de Nueva España, hoy México. Su descendencia no está sentada a la vera de la Catedral, somos nosotros. Adentro, en el material de esas reliquias queda el sudor, la migración forzada, la muerte prematura de nuestros ancentros.

El tesoro catedralicio conserva además reliquias de uso profano, esto es, pulseras, relicarios, pendientes, collares y joyeles lucidos por la mujer colonial. Serán abiertos a exhibición más adelante, espero que pronto. Mirar estas piezas, las que por el momento están retratadas en el libro La Platería de la Catedral de Santo Domingo, autoría de José Cruz Valdovinos y Andrés Escalera Ureña, con la edición del arquitecto Eugenio Pérez Montas; abre nuevos umbrales informativos que nos permiten entender mejor, cómo la mujer colonial apenas tenía en la fe y los espacios de oficios religiosos, oportunidad de desahogar temores diversos; desde la invasión de un temido corsario como Francis Drake y enfermedades mortales como el crup y la tuberculosis. La vida era frágil, no así la mística de nuestros antepasados. Apegarse al Todopoderoso y buscar refugio en la Catedral ante huracanes e invasiones, no solo era un acto de fe, era medida práctica ante la incertidumbre.

Otra sepultura llamó mi atención, además de sacerdotes y condes, la de Manuel de Jesús Galván. Me dio gusto encontrar el lugar donde yace ese día, acaso porque venía de oír la historia de luchas independentistas contadas por el historiador, reproducidas y adaptadas a ritmo de rap y rock por jóvenes como Lina Roa y los alumnos de la secundaria Community for Learning. El mismo relato de sus libros de Historia, ahora compuesto y cantado por algunos jóvenes dominicanos con motivo del 16F.

Pero de todos los tesoros que vi en la Catedral, mi favorito fue la señora encargada de su custodia. Mi tía fue esa joven hermosa de la fotografía que acompaña esta crónica, llegada desde el lejano pueblo de Neiba para casarse a la capital. Crió junto a mi tío Guillermo Pereyra, dos hijos, mis primos Guillermina y Guillermo, varios nietos, Michelle (EPD), Ramón Eduardo (EPD), Diana, José Ramón y Francisco; y en un entremés, varios sobrinos pasamos por su jefatura los fines de semana, entre ellas, una servidora. Siempre fue una artesana magnífica, costurera como pocas hay. Nunca lo hizo por dinero, solo por el gusto creativo. Fui beneficiaria de su don, que sin necesidad de patrones, realizaba a la perfección. Su diseño y confección más bello, fue el traje de novia de mi prima Guillermina, que comparto en una fotografía.

Parque Colón, Zona Colonial de Santo Domingo

Cuando la vida hogareña dejó de ser demandante, fue recomendada por el entonces Vicario de la Catedral, a hacerse cargo del mencionado tesoro mientras era restaurado y acondicionado para ser exhibido en un museo. Con la responsabilidad y rectitud que la caracterizan, con mucho orgullo aceptó la designación. Treinta y tres años después, continua siendo custodia del tesoro catedralicio, esta mujer de memoria privilegiada y nobleza para compartir sus conocimientos, que ha guiado por esos mismos pasillos a distintas personalidades, Bill y Hillary Clinton, por citar algunos, quienes escuchaban al traductor, pero no despegaban los ojos de mi convincente tía. Recuerda al expresidente Clinton como una persona sumamente educada y que mostró gran interés durante la visita y que a la hora de despedirse tuvo la cortesía de harcerlo en español.

Los niños y adolescentes de las escuelas públicas y privadas, son guiados por doña Lourdes en su visita a la Catedral. A esta antes niña que ella solía peinar, mi tía me guió hasta el reencuentro por los túneles de la Historia que conectan con el presente que nos sorprendió este febrero en la Plaza de la Bandera. Hay un aire refrescado, cruzando por las recámaras interiores de la familia dominicana. Soplaba esa mañana en la atmósfera catedralicia, pasando con mi tía, como en la Plaza de la Bandera. Nuestra identidad colorida se ondea. En las explicaciones eruditas, desinteresadas y actualizadas a la vez, de nuestra guía, se hizo evidente la interconexión entre nuestro pasado digno y el presente promisorio. Sus certeza y amabilidad para contarlas, son las más finas reliquias que encontré en la Catedral Primada de América. Mi tía Lourdes es un tesoro cuidando otro.

Nota: Interesados en coordinar un paseo guiado, pueden comunicarse su oficina al teléfono 809 682 6595, de lunes a viernes, en horario de 9 a. m. a 12 m.