Un tesoro cuidando a otro

El sábado pasado, mientras esperaba a un grupo de amigos convocados para una visita guiada a la Catedral Metropolitana de Santo Domingo, Primada de América, de pie bajo la estatua de Cristóbal Colón, ubicada al centro del parque con el mismo nombre a la vera del templo, contemplaba la escena a mi alrededor. Eran las 10:30 de la mañana cuando los primeros turistas internacionales bajaban de los autobuses. Siempre es grato ver el repetido asombro en la cara de los extranjeros, gente que viaja largas distancias, y descubre de buenas a primeras que, además de sol y playa, la República Dominicana esconde otros tesoros.

Lourdes Noboa Herasme, custodia del tesoro catedralicio.

En la esquina pintoresca a mi derecha, algunos pocos dominicanos, desayunaban en el restaurant tradicional mejor conocido como el Palacio de la Esquizofrenia, porque reúne a la bohemia plástica y literaria de la vieja ciudad. Su nombre original es Restaurant Conde de Peñalba. Un vestigio de lo que fue esa cuadra, la principal de la Zona Colonial de Santo Domingo por siglos, hasta hace algunas décadas. El resto de los comercios permanecía cerrado, luego de haber servido la noche anterior al otro grupo de visitantes frecuentes de la Zona: la juventud. En esa tanda, son los dueños de la parte vieja de la ciudad.

Los capitaleños hemos sido atraídos por la poesía callada que se desprende de muros de argamasa de las edificaciones coloniales de la urbe más antigua del continente americano; hoy día, un barrio mágico de la capital dominicana. La Zona, es un conjunto de cuadras protegidas por el Mar Caribe, el Río Ozama y la muralla colonial, que todavía bordea segmentos de su perímetro. Su parque central atrae a juventudes, en tiempos más recientes, solo quizás a la bohemia. Sor Juana Inés de la Cruz, Ruben Darío y René Pérez Joglar (Residente), para solo mencionar tres, son de los poetas que han sido cantados en el Parque Colón. Por ese parque abre sus puertas la Primera Catedral del Nuevo Mundo, María de la Encarnación.

Esperando a mis amigos, pensaba en la escena de exteriores a mi alrededor. Fueron llegando poco a poco, para ir al interior del recinto religioso a disfrutar de la visita guiada de la mano de Lourdes Noboa Herasme, quien desde hace poco más de 30 años es la Encargada del Tesoro de la Catedral y luego también de Educación, además, es mi adorada tía. Sin comentarlo con ellos, me preguntaba parada junto al Almirante, por qué nuestra catedral me era un tanto ajena, más allá del hecho de que no frecuento oficios o cultos religiosos.

A esa misma hora, el Zócalo de la Ciudad de México, lugar homólogo al parque en que me encontraba, estaría ocupado por el mexicano de a pie, otros que llegan en transportes privados desde otras colonias, para disfrutar del arte del país azteca que semanalmente se turna allí en exposiciones y conciertos. A su lado, la Catedral Santísima Virgen de los Cielos, se siente del pueblo, porque el pueblo mexicano no parece dejarla a solas a ninguna hora. Un lindero de personas la rodean, buscando atraer al turista con algún souvenir o solo con la mano extendida, pidiendo limosna.

Los atuendos indígenas de los pordioseros provocan en el visitante la prisa por sacar el celular, para llevarse una estampa fotográfica colorida, formada por los tonos sobrios del templo y los encendidos del atuendo campesino mexicano de las personas que forman un rosario frente a la Catedral Metropolitana. Pero el sincretismo religioso, no convierte la limosna en transacción. La foto, más que una ofensa al mexicano original y humilde que pide de favor una moneda al turista, constituye un hurto a su alma. La limosnera, recostada de los muros de la catedral que la protegen del frío y la desesperanza, no tardará en reprimir al turista que, sin su permiso, procure el retrato de su fidelidad a lo invisible, representado por una enorme edificación visible, a sus espaldas.

Al entrar a nuestra Catedral con mi grupo de amigos al paseo guiado, al igual que en México, encontramos devotos madrugadores en busca de las respuestas que les ofrece la palabra de Dios. Desde temprano oran o esperar los primeros servicios en absoluto y sacramental silencio, que nosotros, que habíamos llegado conversando debimos respetar. Divisé a mi tía, como siempre regia e imponente, al fondo del inmueble en espera puntual. Además de la alegría de volver a verla, su figura al final de ese lugar me sobrecogió. La arquitectura invita a recordar nuestra pequeñez e insignificancia ante los misterios del cosmos, a criterio del creyente católico como ella, gobernado por un solo Dios, justo y bondadoso. Será por eso que siempre sonríe, vive feliz, dispuesta a la labor y a la conversación amena.

Caminando hacia ella pensaba que, a esa misma hora, jóvenes de mi país por varios días consecutivos se acercaban, para nada callados, a otro espacio público: la Plaza de la Bandera. Así como los feligreses concentrados en su oración, y acaso nosotros mismos, los muchachos aglomerados en esa plaza, al otro lado de la ciudad, buscaban una respuesta. Los primeros, sumidos en su fe, parecían confiados en que iban a recibirla del Padre. Los muchachos en la Plaza de la Bandera avisaron que estarían ahí el tiempo suficiente, hasta que se le diera una respuesta creíble, a una pregunta, un tanto más terrenal; esto es, por qué se habían suspendido los comicios electorales el pasado 16 de febrero. Y nosotros ¿Qué hacíamos esa mañana de una semana histórica en la Catedral, mientras al otro extremo de la ciudad, el país se redefinía en un nuevo punto de inflexión? ¿Tenía mi tía algo más que mostrarnos, además de reliquias antiguas?

Anuncié la visita como un paseo con una guía conocedora del valor del inmueble e inventario de bienes muebles del lugar religioso, pensando que el valor se debía, en esencia, al hecho de que eran antiguos y confeccionados con metales nobles y piedras preciosas. Sabía que el Arzobispado de Santo Domingo conserva ese patrimonio de todos, en un minucioso inventario; y por todos, no me refiero solo a los dominicanos. Se trata sin dudas, de un patrimonio cultural tangible de valor universal. Pero esa mañana descubrí que detrás del tesoro material de la edificación y sus pertenencias, la iglesia/museo, preserva intangibles inventariados en las emocionadas palabras de nuestra guía. En una hora y media paseando por las naves, capillas, pasadizos secretos, cripta y exteriores, de su mano, conseguí respuestas a preguntas que no salí a buscar ese día, al menos en la Catedral.

Traje de novia de su hija Guillermina confeccionado por ella, foto bodas y junto a sus nietos

Con doña Lourdes, la Catedral Primada de América es un espacio abierto lleno de puertas y pasadizos de nuestra Historia emotiva, que conectan directamente con lo que ocurría en la Plaza de la Bandera. El Parque Colón, por siglos, un centro de encuentro social y político de importancia meridiana dejó de serlo, hace apenas cincuenta y tantos años. Su relevancia se extendió hasta los días en que Juan Bosch, siendo un presidente constitucional en el año 1963, se sentaba a conversar con la juventud sobre democracia y justicia social.

Los motivos por los que el Parque Colón perdió el protagonismo son comprensibles. En las décadas que siguieron, la densidad poblacional de Santo Domingo aumentó exponencialmente, la ciudad creció formando nuevas y alejadas urbanizaciones, mientras que la juventud dejó de reunirse en los parques. Desde la inauguración de Plaza Naco, en los años setenta, la juventud de clase media y acomodada de la capital y otros pueblos, y más recientemente la que vive en barrios humildes prefiere los centros comerciales, y en su defecto, las redes sociales, como punto de reunión. A diferencia del Zócalo mexicano, el Parque Colón, que data de la Era Colonial como el primero, dejó de ser con el tiempo, epicentro de luchas políticas y sociales entre otras razones, por su pequeño perímetro. Otro parque más desahogado y republicano, el Parque Independencia, se convirtió en bastión de la democracia en Abril de 1965, cuando la juventud de esos años, tomó las calles para reclamar el regreso a la constitucionalidad y el fin de la crisis que se inició con el golpe de estado contra el presidente Bosch, a meses de ser elegido en los comicios.

Ese mismo día del presente año 2020, cuando doña Lourdes nos mostraba la Catedral, que fue bendecida con una misa el 31 de agosto de 1541 por Alonso de Fuenmayor, en la Plaza de la Bandera, otras reliquias del espíritu se exhibían. Desde el día 17 del presente mes, los jóvenes han tomado ese lugar que suele permanecer vacío y cuyo diseño tiene por fin ser la sede de oportuna logística militar en la eventual ocurrencia de un estado de sitio. Gente de menos de veinticinco años en su gran mayoría, este mes de febrero la convirtieron en algo distinto. La Plaza de la Bandera se convirtió en el lugar de renacimiento de las utopías democráticas.

Nadie sabe para quién trabaja, mi cuñada Sandra Tejeda suele decir con mucha gracia y este febrero la recordé. Estoy segura que a Joaquín Balaguer jamás le pasó por la cabeza cuando ordenó su construcción, que una nueva generación de jóvenes dominicanos, cuarenta años después, tomaría su Plaza de la Bandera, a través de una apropiación pacífica, oportuna y civilizada, para exigir por diez días consecutivos, hasta el 27 de febrero día de la Independencia Dominicana, respuestas y garantías. No son nuestros recursos naturales, las habitaciones hoteleras, ni las élites empresariales o intelectuales, nuestro más valioso reducto. Es la juventud de todo estrato social, que plasmó en cartulinas y pedazos de cartón, lo que lleva en el corazón. Además de un cartel, un marcador y su sentido común, portan otra arma indestructible y poderosa: el legado de abuelos, padres, y también abuelas y madres como mi tía Lourdes, por cuya historia oral, los principios democráticos nunca han dejado de fluir. En sus mensajes en cartulinas y carteles de cartón, de pocos caracteres, mucha sabiduría y entrega, hemos comprobado que la utopía latente cuidadosamente conservada en el hogar dominicano, aguardaba a quienes la invitaran de nuevo a pasear por las calles de Santo Domingo, Santiago, Puerto Plata y el resto del país.

Siendo las 11:00 de la mañana de ese veintiuno de febrero que recordaremos por los eventos tensos posteriores a la cancelación de las elecciones, doña Lourdes, custodia oficial del tesoro catedralicio, iniciaba con voz firme mezcla armoniosa de autoridad y dulzura, su explicación magistral. No quiero estropear a otros el paseo, avanzando detalles que solo ella explica con un hilo narrativo encantador. Solo he querido documentar lo que junto ella descubrí. En suma, me apropié con sus palabras del valor intangible de ese lugar. A partir de ahora es una casa de muchas puertas, por donde podré ver entrar y salir, a criollos escondiendo el patrimonio de la Catedral de los piratas, a los primeros nacionales dominicanos sepultar a dos jóvenes y un emigrante que lo dieron todo, desde la vida hasta las riquezas, para darnos una identidad propia. Para esos feligreses, Juan Pablo era un primo, Matías, un amigo o Francisco, un esposo. Solo tiempo después pasarían al Altar de la Patria como héroes sin tiempo. En una esquina, la guía te pone a sentir el duelo de sus pérdidas, cuando fueron hechos recientes.

Fotos de juventud de doña Lourdes. Abajo a la derecha, con sus hijos

Recordaré que las sucesiones del poder, en ese caso, del poder español al francés y de regreso al primero, no aseguran, por la mera alternancia mejores tratos. Y que desde cuando en nuestro país había transacciones para derivar lugares privilegiados a cambio de subsidio, como informan ciertas sepulturas. Esa es nuestra historia y lejos olvidarla, ese hábitat religioso que implora respuestas a un Dios amado por muchos dominicanos, la recuerda. Es maravilloso entrar a ella por los canales de la conversación de doña Lourdes.

En su relatoría, siglos se vuelven días, las brisas de otros febreros patrióticos entran por sus portales; sus explicaciones permiten entender que la Restauración, además de bélica fue cultural y no en vano en ese renacer fueron descubiertos los restos del Almirante en ese lugar. Cada pieza allí conservada cuenta la historia de orfebres que vinieron al Nuevo Mundo, porque en los Siglos XVII y XVIII el Antiguo Régimen hacía los oficios miserables en Europa, ajena todavía a libertad de empresa. El oro y la plata de que están hecho cálices, crimeras, ciriales y otras reliquias religiosas, provino del trabajo esclavo del negro africano, el indígena taíno y el de obreros sometidos de las minas de Nueva España, hoy México. Su descendencia no está sentada a la vera de la Catedral, somos nosotros. Adentro, en el material de esas reliquias queda el sudor, la migración forzada, la muerte prematura de nuestros ancentros.

El tesoro catedralicio conserva además reliquias de uso profano, esto es, pulseras, relicarios, pendientes, collares y joyeles lucidos por la mujer colonial. Serán abiertos a exhibición más adelante, espero que pronto. Mirar estas piezas, las que por el momento están retratadas en el libro La Platería de la Catedral de Santo Domingo, autoría de José Cruz Valdovinos y Andrés Escalera Ureña, con la edición del arquitecto Eugenio Pérez Montas; abre nuevos umbrales informativos que nos permiten entender mejor, cómo la mujer colonial apenas tenía en la fe y los espacios de oficios religiosos, oportunidad de desahogar temores diversos; desde la invasión de un temido corsario como Francis Drake y enfermedades mortales como el crup y la tuberculosis. La vida era frágil, no así la mística de nuestros antepasados. Apegarse al Todopoderoso y buscar refugio en la Catedral ante huracanes e invasiones, no solo era un acto de fe, era medida práctica ante la incertidumbre.

Otra sepultura llamó mi atención, además de sacerdotes y condes, la de Manuel de Jesús Galván. Me dio gusto encontrar el lugar donde yace ese día, acaso porque venía de oír la historia de luchas independentistas contadas por el historiador, reproducidas y adaptadas a ritmo de rap y rock por jóvenes como Lina Roa y los alumnos de la secundaria Community for Learning. El mismo relato de sus libros de Historia, ahora compuesto y cantado por algunos jóvenes dominicanos con motivo del 16F.

Pero de todos los tesoros que vi en la Catedral, mi favorito fue la señora encargada de su custodia. Mi tía fue esa joven hermosa de la fotografía que acompaña esta crónica, llegada desde el lejano pueblo de Neiba para casarse a la capital. Crió junto a mi tío Guillermo Pereyra, dos hijos, mis primos Guillermina y Guillermo, varios nietos, Michelle (EPD), Ramón Eduardo (EPD), Diana, José Ramón y Francisco; y en un entremés, varios sobrinos pasamos por su jefatura los fines de semana, entre ellas, una servidora. Siempre fue una artesana magnífica, costurera como pocas hay. Nunca lo hizo por dinero, solo por el gusto creativo. Fui beneficiaria de su don, que sin necesidad de patrones, realizaba a la perfección. Su diseño y confección más bello, fue el traje de novia de mi prima Guillermina, que comparto en una fotografía.

Parque Colón, Zona Colonial de Santo Domingo

Cuando la vida hogareña dejó de ser demandante, fue recomendada por el entonces Vicario de la Catedral, a hacerse cargo del mencionado tesoro mientras era restaurado y acondicionado para ser exhibido en un museo. Con la responsabilidad y rectitud que la caracterizan, con mucho orgullo aceptó la designación. Treinta y tres años después, continua siendo custodia del tesoro catedralicio, esta mujer de memoria privilegiada y nobleza para compartir sus conocimientos, que ha guiado por esos mismos pasillos a distintas personalidades, Bill y Hillary Clinton, por citar algunos, quienes escuchaban al traductor, pero no despegaban los ojos de mi convincente tía. Recuerda al expresidente Clinton como una persona sumamente educada y que mostró gran interés durante la visita y que a la hora de despedirse tuvo la cortesía de harcerlo en español.

Los niños y adolescentes de las escuelas públicas y privadas, son guiados por doña Lourdes en su visita a la Catedral. A esta antes niña que ella solía peinar, mi tía me guió hasta el reencuentro por los túneles de la Historia que conectan con el presente que nos sorprendió este febrero en la Plaza de la Bandera. Hay un aire refrescado, cruzando por las recámaras interiores de la familia dominicana. Soplaba esa mañana en la atmósfera catedralicia, pasando con mi tía, como en la Plaza de la Bandera. Nuestra identidad colorida se ondea. En las explicaciones eruditas, desinteresadas y actualizadas a la vez, de nuestra guía, se hizo evidente la interconexión entre nuestro pasado digno y el presente promisorio. Sus certeza y amabilidad para contarlas, son las más finas reliquias que encontré en la Catedral Primada de América. Mi tía Lourdes es un tesoro cuidando otro.

Nota: Interesados en coordinar un paseo guiado, pueden comunicarse su oficina al teléfono 809 682 6595, de lunes a viernes, en horario de 9 a. m. a 12 m.

1994. A propósito de la serie documental del periodista mexicano Diego Enrique Osorno.

El 1994 o como dice Diego Enrique Osorno, ese año que empezó a ser desde 1993 y terminó en 1995, necesita ser mejor recordado y comprendido. Un período de aperturas y cierres de ciclos. De surgimientos y ocasos. En lo personal, para mí; y en lo general, para México y para la República Dominicana.
Una foto que conservo de ese entonces, muestra una convergencia de eventos en mi vida. En lo familiar, fue el tiempo donde vimos apagarse poco a poco a mi papá, hasta partir en abril de 1995. En la imagen, celebramos los tres años de mi hijo mayor en su preescolar; salgo vestida con traje ejecutivo, pero en colores de luto. Mi papá tenía días de fallecido, yo venía de entrevista de trabajo, pero compartíamos a gusto, con los amigos especiales de mi hijo, un pastel con motivo del dinosaurio Barney.
Muchas cosas empezaban lentamente a cambiar en los noventa. La Escuela Hábil, del mencionado recuerdo, fue uno de los primeros proyectos de educación especial disponibles. Fue organizado por Gloria María Hernández. Por ella y otras pocas personas, se empezaba a sembrar cultura de inclusión y garantías efectivas, en nuestra sociedad. Algo todavía incipiente.
Mi vestimenta se debía a que venía de entrevistarme con Fabiola Medina para una posición vacante en la telefónica Codetel, en asuntos de regulación del mercado de telecomunicaciones, que luego ocupé. El país iba a discutir el nuevo marco general de los servicios públicos de telecomunicaciones, basado en principios de apertura comercial y acceso universal. Ese proceso duraría dos años de gestación y ocupé una posición para apoyarla en el proceso. No podíamos ni soñar las habilitaciones que la sociedad de la información traería para muchas minorías, las mujeres profesionales que trabajan para vivir y sustentar, entre las beneficiadas por el cambio tecnológico.
Previamente, en enero del año en cuestión, el 1994, como cada mes, el Dr. Luis Heredia Bonetti, nos convocaba a todos los abogados que trabajábamos en su firma, en las estimulantes pláticas de sus reuniones del staff. En un mundo sin iPads o Twitter, la agenda escrita a mano del socio-gerente, llena de novedades, anotaciones, reflexiones e instrucciones, salían al espacio hablado, portadas por su elocuencia. El doctor nos distribuía tareas. Era tan ameno orador y entusiasta gerente, que solo pedía ¿Quién quiere encargarse de investigar esto o aquello? Los asociados nos disputábamos los temas, por el mero afán de aprender y participar. En esa ocasión, la reunión de staff, tenía un tema central: el NAFTA o TLCAN, acuerdo de libre comercio, recién firmado  entre Canadá, Estados Unidos y México.
En paralelo, la Administración Bush (padre), planteaba la Iniciativa para las Américas, con especial atención en la Cuenca del Caribe. En las palabras de mi empleador, un tránsito geo-político lleno de riesgos y oportunidades. El capítulo 15 del tratado tripartito entre los países de América del Norte, sobre competencia, monopolios y empresas estatales, ocupó mi especial interés, junto con el informe del peruano Luis Abugattas y el dominicano Federico Cuello Camilo, que recomendaba a la República Dominicana, participante en la Ronda Uruguay, arribar a similares políticas públicas. En ese año, escribí mis primeros dos ensayos jurídicos: Uno sobre oportunidades de joint ventures basados en el Convenio Lomé IV con la Unión Europea; el otro, sobre la necesidad de una ley de competencia en la República Dominicana.
También en 1994 cumplía 30 años. Para toda persona, alcanzar esa edad, es un parteaguas. Finalmente había encontrado mi vocación dentro de mi profesión. En mis primeros años de ejercicio, fui infeliz. No me encontraba a mi misma en la tradicional práctica civilista. No era mi vocación. Todo estaba a punto de cambiar. El Derecho Público dominicano iba a renacer en la década del noventa y tuve la gran fortuna de estar en el lugar adecuado, en el momento adecuado. A partir de entonces, he adorado mi oficio. Encontré más allá del salario o el ingreso, alimento para el espíritu.
El estallido revolucionario del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en el Estado de Chiapas, al sur de México, en enero y el asesinado del candidato Luis Donaldo Colosio, en marzo de ese año en la capital de ese país, fueron advertencias brutales, para todo país en desarrollo contemplando unirse a esquemas de integración. Los dominicanos conocimos los hechos, principalmente vía CNN y las agencias Reuters y EFE. Me recuerdo sentada en una mecedora, frente al televisor de mis padres, donde cada sábado íbamos a comer, viendo con Hugo Sebastián, mi hijo de dos años en los brazos, toda aquella tragedia.
De mis padres aprendí a amar México. Ellos como todos los de su generación de dominicanos, veían al país azteca con ojos amables y enamorados. En su juventud, el llamado “milagro mexicano” fue esplendoroso y lo disfrutaron en grande a partir de sus artistas populares, tales como Pedro Infante, María Félix, Agustín Lara y otros más, cuando el dictador Rafael Trujillo los traía al país en la llamada “Semana Aniversario” de Radio Televisión Dominicana. Todo gobernante autoritario, sabe que debe dar algo de circo.
En 1973, mi papá hizo un viaje épico al entonces D.F., de donde vino con muchas historias, fotos con la Viridiana y Chanoc, tres ponchos para sus hijas, entre ellos, uno pequeño y morado para mí, símbolo que luego elegí para describir en tres palabras mi pasión por el arte y la cultura: “el poncho morado”.
México era lindo y querido para ellos. Y al igual que en ocasión del gran y nefasto sismo de 1985 y en general, durante toda la crisis monetaria de esa década del ochenta, frente al televisor, estuvimos en esos días de 1994, llenos de tristezas, viendo estos otros eventos desafortunados. Aquel cinemascope de los Estudios Churubusco parecía fundirse a negro.
El 1994 mexicano, alertó que la globalización acelerada por las negociaciones de la Ronda Uruguay, proceso concebido por y para beneficio de Estados Unidos, la Unión Europea, Canadá y Japón, -todavía hoy en expansión- no conciliaba un drama profundo al seno de naciones en vías de desarrollo. Esa era chamba nuestra y Luis Donaldo Colosio lo tenía bien claro. La globalización no era la meta. Era el nuevo orden. Algo injusto en la construcción de las estructuras de poder en América Latina, no iba a ser resuelto por la automática adopción de nuevas reglas comerciales o económicas y por la sugerencia de reducir el tamaño del poder, con nuevas reglas de contratación pública.
A pesar de que se trataba de una coyuntura crítica que rebasaba la realidad mexicana, y alertaba a todo país en vías de desarrollo, convocados por los desarrollados antes mencionados, a la Ronda Uruguay de negociaciones multilaterales de comercio e inversión, un estado de negación nos alcanzaba entonces a los dominicanos. Espero esta vez, que gracias al excelente trabajo de investigación documental de Diego Enrique Osorno, lo rebasemos.
“Eso es en México” se decía entonces en República Dominicana. “Aquí las cosas son distintas”, sin mucha meditación, se repetía, en cualquier conversación de esquina. “No tenemos poblaciones indígenas, ni guerrillas”. “A Colosio lo mataron los narcos mexicanos de la frontera, aquí no tenemos ese problema “. Todo eso recuerdo haberlo oído en mi país en 1994.
Algo en nosotros siempre tiende a descartar que la lección política ajena, es también propia. Nos creemos únicos, pueblo elegido por Dios (por oposición a Haití), terrible afirmación que se dice en voz alta. A pesar de que la enseñanza y alerta venía del país que Pedro Henríquez Ureña llamó el Hermano Definidor, nos creíamos y nos creemos todavía, con capacidades mejores y circunstancias más favorables.
Me apena contar que casi cinco años después de vivir en México, y querer compartir por todos los medios posibles mi emoción y sorpresa por esta nación que sigo cada día descubriendo, y no me refiero a un conocimiento meramente turístico, jurídico o económico, sino emotivo, desde lo cultural y social, todavía en mis viajes a Santo Domingo, me repitan desagradables preguntas y afirmaciones que no voy a repetir, pero son muy duras. Los dominicanos somos rápidos y ligeros para el etiquetado. Categóricos, concluyentes y terminales.
Esos comentarios me entristecen profundamente. Más por quienes los dicen, que respecto de quienes lo dicen. Los latinoamericanos que no leemos como deberíamos y en ese grupo los dominicanos vamos a la cabeza, hemos elegido conocernos los unos a otros, a partir de CNN, las telenovelas, los programas de variedades y Hollywood. No juzgo a nadie por caer en el prejuicio. Más bien me toca entender de donde este proviene, tener paciencia y servir canal de comunicación y conocimiento. Pues como me dice mi amiga Mirna Amiama, yo ya llevo a México en la piel.
Esas ideas, no son más que la expresión de ese fenómeno que padecemos los dominicanos, según explica la dominicana y Doctora en Psicología, Josefina Zaiter viuda Zaglul. Somos víctimas inconscientes y colectivas de una “inception” al estilo del cineasta Nolan. La percepción de vernos como una perla única y exquisita del Caribe, es una conducta psico-social, inseminada en nuestras mentes por la dictadura. Sobrevive y cruza como herencia, de generación en generación. Existe un ensayo de la autoría de la mencionada doctora en Psicología de la Universidad Complutense de Madrid y cónyuge del excelente siquiatra y autor dominicano Doctor Antonio Zaglul, que analiza ese fenómeno científicamente. Disculpen que no ofrezca el nombre de la obra de Zaiter. La conservo en mi casa en Santo Domingo. Aprovecho para enviar un abrazo a Josefina, a quien tengo años sin ver, si alguien que lea esto la conoce.
Explico con mis palabras, lo que leí en el trabajo de la doctora. Estamos programados los dominicanos para manejar una opinión generalizada, en el sentido de que somos básicamente, la última Coca-Cola del desierto. Los intelectuales del trujillismo hicieron una efectiva colocación de esa idea en nuestras cabezas. Nuevos intelectuales al servicio del poder la han reproducido, para consentir nuestro engreimiento. Eso es buenísimo para quien controla, que la gente se crea, por el solo hecho de nacer en una mitad de una isla, ungida. Nada más cómodo que esa sensación de satisfacción, para mantenerla inmóvil.
Justo es decir que, en mi opinión, la generación milenio dominicana, es notoriamente más libre y honesta. El libro de Zaiter fue escrito hace más de 15 años, quizás 20. No los abarca en su análisis. Me parece que los milenio dominicanos, no creen en la historia única que nos repetimos. Precisamente uno de los elogios que merece el documental 1994. Se desprende de ese vicio. El periodista Diego Enrique Osorno, su creador, le dio la palabra a todos, zapatistas, colosistas, panistas, salinistas, familiares del difunto y los temidos protagonistas, los hermanos Salinas de Gortari.
Es más, los milenios dominicanos, no creen en la moda única, el peinado único, la sexualidad única y todas esas verdades únicas con que administramos nuestros temores al cambio. Ellos, beneficiados por nuevas fuentes de conocimientos e información, preciso señalar, obtenidas gracias al componente de apertura cultural, que trajo aunada la globalización económica, es la primera generación de dominicanos, que poco a poco, se está desprendiendo de esa “verdad sistemática” que en realidad, es una gran mentira que nos venimos diciendo y creyendo.
No, no somos especiales. Si somos graciosos, simpáticos, espontáneos, laboriosos, pero es eso. Esos atributos se definen con esas mismas palabras cada uno. Somos como todo otro homo sapiens, no hay un toque divino. Somos una parte pequeñita de la humanidad. Nos alcanzan sus luces y sus sombras. Si bien, hemos heredado o desarrollado circunstancias valiosas, derivadas de una historia singular y una geografía insular, al final de la jornada, respondemos, de manera no muy alejada de patrones de comportamiento humano, ante el poder y su abuso como pasa en otros pueblos: Hay dominicanos valientes, justos, éticos, plurales; y los hay cobardes, abyectos, racistas y xenófobos, como sucede en otros conglomerados del planeta, México incluido.
En 2015 vine a vivir a México. De nuevo, el renacer en mi vida, vino acompañado de un ocaso. A dos meses de llegar, mi mamá, veinte semanas santas después, siguió a mi papá, partiendo de este mundo. Ambos se fueron en las horas siguientes a la Resurrección, uno en 1995 y la otra en 2015. Abracé la metáfora conjugada en el modo de partir de mis progenitores, para decirme que debía hacer yo a seguidas. Ser y hacer a mi familia, muy feliz en ese México, donde nos trajo el destino, era lo que continuaba.
Gracias a Osorno, descubro que en el campus Universidad Anáhuac donde mi hijo Simón y yo entramos a un México cultivado a estudiar, fue donde Luis Donaldo Colosio, entonces maestro y Diana Laura Riojas, su alumna, se enamoraron. En Anáhuac, Simón entró al mundo del diseño multimedia que adora y es su vocación, al abrigo de la tradición artística mexicana, sus metodologías y técnicas. Alex Sánchez, esposo de prima Eva Leticia y profesional del ramo, me hizo consciente hace poco, de que mi hijo está estudiando, en lugar donde desde los tiempos del muralismo, las reglas sobre arte visual se crean y no se imitan de ninguna otra fuente. En Anáhuac Simón encontró su lenguaje profesional.
Yo vine a descubrir en la escuela de postgrados de derecho, todo lo mucho que le TLCAN sirvió para levantar a este país de la década de perdida, los ochenta. También todo acerca de la inflexión política e institucional de México a partir de 1917. Pero también, los maestros nos enseñaron a esa aula donde coincidíamos una dominicana, un colombiano, una norteamericana, un oaxaqueño, una michoacana, una guerrerense, varios chilangos y otros más, todo lo que quedó atrás o los abusos perpetuados, y cómo se responde en una lucha día a día, por corregir institucionalmente, a esas injusticias estructurales, desde diferentes sectores bastante pujantes.
El Derecho de la Empresa, que estudié y se enseña en Anáhuac, se sitúa en la función social de la empresa. Es una lucha difícil pero viva, que llevan a cabo muchas iniciativas de la sociedad civil mexicana, en especial luego gran crisis financiera mundial, producto de la desenfrenada globalización ocurrida en 2008.
Uno de los más importantes aliados del afán por la transformación social, que he encontrado en México, es el sector cultural. Al llegar aquí, uno de mis primeras andanzas por el circuito teatral de Cd. Mx., fue ir a ver el monólogo actuado por el actor internacional Diego Luna y escrito por el joven dramaturgo oriundo de Veracruz (jarocho), Alejandro Ricaño “Cada vez nos despedimos mejor”. Ver esa obra teatral, fue como un bautizo de fuego para mí. Quedé asombrada por la llama del “happening” del México artístico actual.
Sueño con el día que la obra teatral sea reproducida íntegra en Netflix, donde todos la vean. Hay algunos segmentos colgados en YouTube. El monólogo es una especie de Forrest Gump mexicano. Cuenta la historia reciente de este país de 1979 al 2012, visto desde el ángulo de la historia personal y de amor un chilango. Lo repasa todo. El gran sismo de 1985, Chiapas, Colosio, Salinas, el PRI, el PAN, y lo que significó para ese personaje que representa al mexicano de hoy.
Creo que desde ese momento empecé a entender, lo que mi amigo Frank Abate me enseñó. Este es un país-continente. No el de las narco-telenovelas, ni se reduce a entenderlo a partir de una declaración o acto específico, provenientes sea del Chapo, Peña Nieto o AMLO. Algunos dominicanos tenemos que escapar de la práctica de llegar a conclusiones, a partir de lo visto por tres minutos de CNN, sin que tenga yo nada contra ese canal de noticias.
He intentado leer algo distinto a libros de derecho o economía, para mejorar mi propio entendimiento de lo que estoy viviendo. Autores contemporáneos como, Alberto Ruy Sánchez, Elena Poniatowska, Alejandro Paniagua, Marcos Daniel Aguilar, Luis Humberto Crosthwaite, me han permitido apreciar la sensibilidad y el sentido de compromiso del mundo de cultural por el pueblo mexicano, respecto de las deudas sociales pendientes y la reivindicación de la riqueza de la diversidad cultural de este país.
Viendo el documental 1994 de Diego Enrique Osorno, junto a los nuevos aprendizajes que nos trae, reencontré el país que he descubierto, en las academias donde he estado estudiando, en el mundo laboral donde me desempeño, pero sobre todo, en el amoroso afecto que recibo de mis amigos y hasta simples conocidos con quienes tengo interacción. Un comentario negativo y ligero sobre México me duele igual, que un comentario negativo de la República Dominicana.
Osorno me permite explicarles mejor a los dominicanos, porque me emociona tanto que me manden a chambear a las oficinas de Tijuana, Monterrey y Ciudad Juárez, de la firma de abogados donde laboro. El documental muestra el perfil de ese hombre y mujer norteño mexicano, tan parecido a nosotros en lo bueno, lo alegre, lo arrojado. Luis Donaldo Colosio su más acabada descripción. Mi primer trabajo en este país, fue en una empresa que desarrolla un proyecto de energía renovable en el Estado de Sonora, lugar de nacimiento del asesinado candidato a Presidente de México.
1994Por dos meses, tuve que levantar un inventario de 22 mil hectáreas de terreno ejidal. El ejido es una figura del derecho inmobiliario mexicano, nacida con la Revolución. Los líderes de la Revolución de 1917, entregaron la propiedad de la tierra a los campesinos. No fue hasta el sexenio de Salinas de Gortari (1988-1994), que la propiedad ejidal se pudo traspasar, siempre con el consenso de todo y cada uno de sus miembros. Este fue un acierto de ese gobernante, pues los campesinos y comunidades indígenas necesitan participar de la dinámica de intercambio de la economía industrial y no quedarse viviendo bajo los estándares de la economía agrícola.
Evitemos las afirmaciones categóricas. Hay que conocer, investigar. Si no le gusta leer, vea documentales. Hay muy buenos en Youtube y Netflix. Puedo referir algunos. Para entender el de 1994 mexicano, vaya a trabajos sobre el 1968, al milagro mexicano, a la Revolución de 1917, al Porfiriato, a la Nueva España, a la Conquista y a todo lo antes de ella aquí existía. El nuevo cine mexicano es también riquísimo en los géneros de drama, humor o denuncia.
Del Sur de este país, me enamoré desde la intimidad del hogar, gracias a mis queridísimos amigos oaxaqueños Omar Martínez y Abril Castañeda. Chiapas como Oaxaca son los estados más pobres en términos de economía, pero más ricos en diversidad cultural. Son dos paraísos espectaculares en riquezas naturales. El Creador exageró en hermosura geográfica y antropológica. El piropo más grande que me ha hecho un mexicano, fue preguntarme al ver mi color de piel, antes de escuchar mi acento caribeño, si yo era del Istmo de Tehuantepec, lugar lleno de hermosas mujeres mestizas. De esa región, viene arte de la más exquisita calidad, como la poesía de Rosario Castellanos y la pintura de Rufino Tamayo.
La idea de que un intelectual de la UNAM, a quien el mundo conoció en 1994, bajo el seudónimo Sub-Comandante Marcos, todavía hoy defiende una causa social de esa región, merece al menos el respeto de los dominicanos, que quizás ya no tengamos a alguien que se haya mantenido del lado de los más desfavorecidos, por tanto tiempo.
Crecí al abrigo del movimiento pacifista y anti-bélico popular de la contra-cultura de los años sesenta y setenta. Sin embargo, sería muy superficial y tonta, si juzgo una lucha armada, sin entender las coyunturas por las que surge. Osorno la expone con claridad.
Un descendiente de dominicano sí se esfuerza en comprenderlos y ha ido al amparo de esta región. Es alguien que busca entender el reclamo de las poblaciones originarias de México. Experto en lenguas aborígenes, uno de los dos nietos mexicanos de Pedro Henríquez Ureña, hijo de su primogénita Natasha, vive y sirve de puente, para aprender de sus conocimientos milenarios y defender sus derechos originarios. Eso lo supe hace poco, gracias al pasado embajador dominicano en México, S. E. Fernando Pérez Memen y mi gran amiga y pasada funcionaria diplomática dominicana, María Isabel Castillo. Desde entonces, quiero ir a Chiapas a visitarlo.
Del poder de equilibrio que ha de surgir de la clase media y metropolitana, con acceso a la educación, el documental nos muestra el testimonio de los colosistas. Gente con las mejores oportunidades, pero valiente y comprometida con la agenda social, con un México más justo e incluyente. Ese segmento es amplio y compactado y poco conocido por quienes desde fuera, se manejan desde el prejuicio.
El documental me permitió hacer valoraciones personales. Me puso a recordar donde estaba yo hace 25 años y donde me sitúo intelectualmente ahora. Me complace decirle a Diego Enrique Osorno (vía Twitter) que me llenó de fuerzas. Muy amablemente el director del documental, hace un día, respondió a breves elogios que le hice por esa red. Le comentaba que me había fascinado la fotografía del documental, el saludo que este le hace al muralismo mexicano, en los encuadres de las ciudades de Tijuana, San Cristóbal de las Casas, Ciudad de México, Magdalena de Kino y de los sets de los entrevistados. Osorno, como si fuera un viejo conocido, me contestó que el mérito era de Axel Pedraza, director de fotografía. Concluí el intercambio explicando el impacto que la serie documental, había ocasionado entre dominicanos. Mandó saludos a todos en República Dominicana.
De su valioso trabajo destaco, lo que a mi hermana Leticia, a mí y seguro a muchos, más nos gustó: El rescate de la figura de Diana Laura Riojas viuda Colosio. Mujer de gran fortaleza espiritual y temple. Al borde de su propia muerte, centrada en apoyar la empresa política de su marido, y cuando este faltó, en dejar a sus hijos un legado ajeno a los rencores y las venganzas.
No es cierto que las ideas de desarrollo económico e igualdad social están divorciadas, si en el corazón de las personas que trabajan en su debida configuración local, se manejan con sentido de equilibrio y criterios de justa distribución. El legado de Luis Donaldo Colosio es de toda Latinoamérica y manifiesta gran pertinencia actual. Les invito a ver el documental mencionado en Netflix; a oír al propio Colosio, en su discurso del 6 de marzo de 1994. Se puede encontrar en YouTube. Me da inmenso gusto encontrar que ese día, el líder extinto, gritó tantas cosas en las que creo, que he estudiado, sobre las que he escrito, que procurado enseñar a abogados milenio y respecto de las cuales todavía sigo aprendiendo y debo seguir dando mucho más.
Hubo un 1994 dominicano. Haga usted sus reflexiones sobre las causas y efectos similares al mexicano. Ojalá algún periodista-cineasta se anime a documentarlo. No dejemos morir nuestro pasado reciente. Hay mucha dignidad en ese relato. Debemos rescatar esa herencia para nuestros hijos. Les pertenece. Su pertinencia actual es innegable.
Angie

Duelo para Desvelados

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Duelo para Desvelados

Para Armando Almánzar Rodríguez, In Memoriam

Angélica Noboa Pagán

 In media res, eres adolescente y son los años setenta. Tu conflicto, como el de todo aquel que crece, ensayar personalidades, hasta elegir la tuya. Tu escena, la engañosamente apacible ciudad de Santo Domingo, una pequeña urbe remota separada como la ciudad prohibida de “El Último Emperador”, por unos elevados muros llamados, la sustitución de importaciones, la represión, el subdesarrollo, la condición de isla. Antagoniza contigo una crisis petrolera internacional y otra política e interna de un modelo político que sepulta cualquier pretensión de transformación. Tu saga, vencer el lento transcurrir de puestas del Sol de ese ambiente monótono.

Todavía estás en el primer acto, pero hace rato has elegido a Armando como tu héroe. Te lleva de la mano cada noche, por la tradición cinematográfica de la era de oro del cine, que transcurrió antes de que tu nacieras, en el horario de la quietud de la noche que llamó “Cine para Desvelados”. En el desayuno mirarías con otros ojos a tu mamá; ya comprendiste que antes de serlo, su corazón fue adolescente como el tuyo y palpitó por Montgomery Clift. Robert Mitchum o James Dean. A tu padre le veías, y te preguntarías que habrá tenido en común con el movilizado joven rural, que Henry Fonda interpreta en “Las Viñas de la Ira”, cuando vino a vivir del Sur Profundo a buscar oportunidad en Ciudad Trujillo. Y a esos primos grandes que ya eran adolescentes en los años sesenta, que recuerdas desde el caleidoscopio multiforme del jardín de la infancia, le preguntarías si fue real “La Fiesta Inolvidable”, de esa divertida psicodelia.

Armando era nuestra autopista de la información y de los sueños. No solo los pasados, sino también los presentes. Entonces, al llegar el fin de semana, era esa voz que oías sentada en la butaca y decía: -Está bien, ya sé que Travolta, hace gran papel en “Saturday Night Fever”, pero crúzate al Doble, al Plaza o al Palacio del Cine de al lado, y descubre a “Kagemusha”, “Persona” o “La Conversación”.

El memento de la presencia de Armando es como su literatura, parece no tener alfa y omega. Puede relatarse sin orden cronológico, como un entretenido guion no lineal, pero siempre estará la puntualidad de su voz ronca y su chispeante plática, apareciendo sin créditos en tu aparato radiofónico, sea al cruzar de los trabajos a los prescolares con los hijos en “La Hora Señalada”; o muy temprano cada lunes y viernes, en trayecto a las secundarias de los muchachos en “El Matutino Alternativo”.

Pero es también Armando Almánzar Rodríguez, ese autor que saltó a nuestras conciencias universitarias, cuando José Alcántara Almánzar nos puso, a estudiantes de Derecho, a leer y sensibilizarnos con algo distinto a las leyes. Le descubrí como escritor en la colección “La Narrativa Yugulada”, de Pedro Peix Pellerano, que traía este cuento en planos de secuencia llamado el “El Gato”. Y todavía antes, cuando no sabía leer o escribir, ya sabía que Armando era ese joven señor delgado que veía frecuentar los cines Triple, Rialto o  Élite y que en el mejor estilo del cine mudo, se comunicaba hasta con pequeñitos como yo. Calificaba en su columna de la revista Ahora!, junto a las still o fotos fijas de las películas, con caricaturas gestuales, primero de Mafalda y luego de Woody Allen, su opinión sobre cada película, de los años espectaculares del cine de autor. No estábamos alfabetizados y ya Armando nos transmitía sed de cultura y lo hizo día tras día, por cincuenta vueltas alrededor de la estrella.

De tanta brillantez crítica, y cientos de obras recomendadas, la triste noticia de su muerte, curiosamente me hace pensar en la ingeniosa película de Pixar, “Monsters, Inc.”. Pues para muchos que nos sentíamos amigos cercanos de Armando sin serlos, el crítico y escritor era una suerte de amigo imaginario, monstruo parlanchín, vivaz y lleno de trucos, que vivía dentro de nuestro aparato radiofónico y nos hacía reír y soñar. Hoy mi congoja es como la de Boo, la niña que llega al punto de la historia donde sabe que debe crecer y dejar ir a su amigo Sully. Boo, un nombre que sabemos que el director de Pixar escoge para hacer guiño a la versión fílmica de “Matar a un Ruiseñor”. Pequeñas-grandes cosas que Armando nos enseñó desde la educación temprana.

Encenderé el radio y ya no estará. Los entendidos en el Armando literario, con sobrada razón recuerdan que este queda muy vivo en las páginas de sus obras literaria. Si bien es cierto, permítannos el duelo de la partida del gestor cultural, del maestro con actitud de obrero del oficio de sembrar inquietud y sensibilidad por la calidad artística de la gente sencilla del pueblo con regularidad cotidiana.

Tres personas me vinculan a Armando, Circe su hija y mi querida amiga, a quien envío todo mi cariño y gratitud, por prestarnos junto a sus hermanos a su padre, para que lo fuera un poco de todos. Hoy le acompañamos en su pérdida que es de todos los dominicanos. Carmencita Imbert, quien generosamente nos cedía parte de su amistad y complicidad con Armando, dejando que a través de su WhatApp acercarnos a sus vibrantes coloquios radiales, a quien le mando un fuerte abrazo fraterno. Y por último, los radioescuchas amantes del cine, pensamos en Arturo, nuestro Arturo Rodríguez Fernández, la otra urraca parlanchina, el otro maestro con traje de obrero de la gestión cultural, a quien ya le devolvemos su inseparable amigo. Citando al poeta, les verán juntos narrando y comentando muy divertidos historias sin tiempo, en ese espacio invisible del holgar entre el planeta y el infinito.

Armando, Santo Domingo es un lugar maravilloso, por personas como tú.

La Poncha (así me decía Armando).

 

Ciudad de México, México.

 

 

 

“339 AMÍN ABEL HASBÚN, MEMORIA DE UN CRIMEN” UN RASHOMON DOMINICANO

Etzel Báez es un crítico de cine, uno verdadero. Tiene el rigor de la investigación; conoce los movimientos y géneros del cine mundial, como pocos en la República Dominicana. Escribe con acabado rigor sus notas de cine en la prensa nacional, a modo ensayos breves; demuestra en cada entrega, su refinada escritura, pensamiento y la posesión de un apreciable buen gusto por el Séptimo Arte.

Eligió pasar de la crítica, al titánico emprendimiento de escribir un guion de largometraje dirigido por él mismo, valentía que admiro. Para su ópera prima, escogió un tema genial, desde la perspectiva de la denuncia, como desde la expresión artística misma; una historia que le da una posibilidad fantástica de comunicar oportunas ideas políticas, a alguien con entendimiento bastante acucioso, de la posibilidad de fomentar la reconstrucción de la memoria de un pueblo, a partir del arte cinematográfico.

Apenas conocí el título de su obra, ya supe que Etzel Báez probablemente sea el primer director de cine de autor dominicano. Supe además que compartía inquietante preocupación por estimular el pensamiento colectivo, respecto de la verdadera identidad nacional. Quienes somos, quienes fuimos.

Etzel y yo no nos conocemos y ahora además, vivimos en dos países distintos.  No obstante, gracias a los puentes tendidos por la sociedad de la información y la cortesía del señor director, a la casa de esta señora de la pequeña burguesía, que dice saber de cine, llegó la película antes de exhibirse en salas dominicanas. Un honor que agradezco inmensamente a Etzel. Su curiosidad por mis comentarios, me conmueve y me obliga a quedar a la altura de tan buen crítico de cine.

“339 Amín Abel Hasbún, Memoria de un Crimen” es la reconstrucción dramática de un hecho histórico, enredado en el laberinto del Siglo XX dominicano y enmarañado en las contradicciones de nuestro presente nacional.

Antes de pasar a la crítica en sí, de la obra cinematográfica, me permito algunos señalamientos.

Amín histórico

Hace una semana tuve la oportunidad de preguntarle al escritor y director mexicano Guillermo Arriaga, si entendía sus obras universales o locales. La pregunta vino, pues leyendo su última novela “El Salvaje”, la siento mucho más mexicana que quizás los guiones de “Babel”, “21 Gramos” o “Amores Perros”. Me respondió con dos comentarios, una anécdota y una revelación.

El primer comentario fue, -uno escribe de lo que puede, no de lo que quiere.

Lo segundo fue la anécdota. Me contó que en  Corea, unos muchachos se le acercaron para decirle, que “Amores Perros” era prácticamente la historia de su vecindario. –Yo, Angélica (se aprende tu nombre Arriaga tan pronto se lo dices, y te lo repite), entendía que estaba escribiendo sobre cosas vividas en el barrio de Satélite en la ciudad de México.-

La revelación fue respecto de “Babel”. Nunca ha estado en Marruecos, ni hizo ningún tipo de investigación respecto de cómo son y viven los pastores del África sahariana, recreados en la historia. Pero conoce perfectamente a los pastores de Coahuila, México. Como son, como piensan, como hablan.  Se basó en los de su país, para crear los extranjeros, y así dar un toque universal a su historia. No tuvo dudas de que  ambos estamentos campesinos, vivían una realidad muy similar.

Finalmente, me recordó que Balzac decía, -si quieres escribir sobre la humanidad, escribe sobre tu vecino.

Entonces caí en cuenta que la novela que actualmente leo de Arriaga, es tan universal como las demás. Excepto que ahora al vivir en México, reconozco, lugares, leyendas urbanas, expresiones idiomáticas, en las que antes no me detenía.

Pero al final, una buena historia, aunque respecto de un evento trágico y político de los años 70 dominicanos, puede generar la atención del público internacional y multi-generacional.

¿Lo logra el Amín de Etzel?

Del mismo modo que los chicos coreanos le contaron Arriaga sobre percepción de “Amores Perros”, ante tanta cortesía de Etzel, quiero contarle como se me aproxima su película.

Tenía yo 6 años cuando asesinaron al joven ingeniero y activista político Amín Abel Hasbún, hecho histórico que recuerdo perfectamente. Vivía junto a mis padres y hermanos, en un barrio repleto de niños y muchachos que teníamos toda la Zona Universitaria o La Julia, como nuestro gran territorio apache. La Zona Universitaria fue el microcosmos de mi niñez, mi adolescencia y los primeros años de adultez entre los años 1968 y 1990. Llegué de 3 años y salí de 25 de vivir por allí.

Entre las rocas de farallón que divide la ciudad de Santo Domingo en dos pisos, aprendí a leer, escribir, saltar, jugar pelota, al escondido, a ser un verdadero “tíguere” con dos colitas; y luego después, con el llamado hormonal, a esperar el paso de mis primeros amores platónicos,  de unos chicos  nunca se enteraron cuanto los amé; y, a empezar a ensayar una personalidad, como hacemos cuando somos los adolescentes, entre pruebas y errores constantes. En medio de todo eso, crecí con la leyenda de Amín.

Amín Abel Hasbún, al igual que mi hermano Guaroa fue un lasallista. Egresado en 1960 el primero, y en 1979, el segundo. Mi hermano es desde niño un amante de los deportes. Eso lo convirtió en un cariñoso discípulo de Faisal Abel Hasbún,  maestro de deportes del Colegio Dominicano de la Salle, en los años sesenta y setenta y hermano de Amín. Años después, conocería más sobre este hecho desafortunado, al conocer a mi amiga querida Nayibe Chabebe de Abel, esposa de Faisal y mujer de grandes principios cívicos.

Padres y alumnos lasallistas simpatizaban con el carismático maestro, a quien el sistema le mató a su hermano de 28 años en 1970. Amín fue además, uno de los alumnos más brillantes de ese colegio, así como, de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), lugares próximos a la casa donde crecí en calle de la Cantera, de la Zona Universitaria.

A diferencia de la generación milenio, los baby boomers al crecer, no teníamos para construir nuestro imaginario, más que la propia realidad. La cara y nombre de Amín,  reproducida en afiches y murales, en las áreas públicas de la Zona Universitaria, las que recorrí miles de veces a pie, jugando al escondido o en mi trayecto de ida o vuelta al Colegio Santo Domingo y el Instituto Dominico-Americano donde estudié, en el mismo sector también, acompañó mis inquietudes, primero infantiles, luego juveniles y aún inquieta mi adultez. La UASD era nuestro lugar de aventuras. Desde ir a ver, los cadáveres en el sótano de la facultad de Medicina, ir a tumbar los mangos de sus solares, a mirar cotidianamente, los letreros que gritaban “Abajo Nixon!”, “Bosch presidente” o “Amín Vive!”, resultan recuerdos imborrables.

Varias de mis amigas del colegio con quienes me juntaba en las tardes, Claudette López Pehna Martínez, Gina Porcella Dubreil y Lilliam Bonelly Canaán, vivíamos todas entre las inmediaciones de la UASD. Y mientras veníamos cantando los temas de La Pandilla, los Bee Gees o ABBA y hablando de nuestras pequeñas cosas, de ida o vuelta a casa, más de una vez, nos sorprendieron las bombas lacrimógenas para acallar las manifestaciones estudiantiles.

Amín, era consigna de lucha de los universitarios rebeldes. Su nombre resonaba entre la muchedumbre que enfrentaba a la Policía Nacional, mientras cruzábamos corriendo para refugiarnos del peligro inminente. Amín era la cara y el nombre de la historia oculta, que por nuestra inocencia no alcanzábamos a entender.

¿Quién fue Amín? ¿Por qué lo mataron? La respuesta ya es conocida. ¿O no?

La pregunta subsiguiente.

¿Qué nos quiere contar y decir Etzel Báez sobre el hecho?

 

Amín cinematógrafico, desde la mirada de Etzel.

Advertencia: Contiene spoilers.

El largometraje inicia in media res, con la investigación del hecho conocido: Amín ha sido asesinado. El objetivo dramático es claro, se desarrolla una investigación, en la Fiscalía del Distrito Nacional. El punto de vista de la historia lo sostiene el Fiscal del Distrito, señor Marino Ariza, interpretado por un veterano de la actuación, Don Pericles Mejía.

Don Pericles, sostiene con sus inagotables recursos histriónicos, la cantidad de momentos que requiere ese primer acto del film. Etzel, claramente se inspira en el interrogatorio que conforma el clásico del director japonés Akira Kurosawa “Rashomon” (1950), por demás, una obra de arte (y mi película favorita), para reconstruir el drama-puzzle del crimen.

Ya vimos al director iraní Ashar Fargardhi, en “La Separación” (2011), lograr un magnífico tributo a la obra de arte del cine japonés y mundial, en una historia que además, inserta elementos de cine-denuncia, como persigue el dominicano.

La diferencia es que en la película dominicana, en mi opinión, este primer acto se hace muy extenso. Etzel se debate entre su interés histórico y su mirada cinematográfica. Es difícil editarse a sí mismo. Pero habría yo eliminado muchos elementos del diálogo que además se repiten. Pero respeto el tempo elegido por Etzel, e insisto muy bien sostenido el punto de vista del fiscal en procura de la verdad, manejado por Mejía. Es cierto que, la primera regla de la escritura, es que no hay reglas. Pero en una siguiente edición de la película, exhorto a su director a recortar un poco más este primer acto.

El encuadre es elegante. Me encantó como Etzel  le hace un guiño a Bernardo Bertolucci en “El Conformista” (1970), al torcer los cuadros en la pared que sostienen la imagen del Presidente Joaquín Balaguer, así como, la cámara misma. Considerando que denuncia una historia ocurrida en el mismo año en que Bertolucci denunciaba hechos políticos de la Italia de los años setenta, el buen cinéfilo sabrá degustar ese sabor a madera antigua que trae la película.

La escena del interrogatorio, para el mismo exquisito deleite, sigue las reglas de geometría del encuadre del ya mencionado maestro japonés. Al principio un poco estáticas las actuaciones secundarias de la secretaria y el personal que aparece en el fondo de la fiscalía. Pero es notorio que el director, notó que debía dar más movimiento a esas expresiones colaterales, en las escenas de los interrogatorios subsiguientes.

Del sonido, creo que también en una siguiente edición, se puede revisar la banda sonora, que podría agregar algunas notas musicales enfáticas. He entendido que la repetición constante de la misma melodía tediosa y soterrada, tiene un propósito anímico que va con lo narrado. Pero una que otra curva musical, en ciertos momentos, no vendría mal.

De las actuaciones secundarias durante el interrogatorio hay varias realmente muy buenas. Mario Núñez (Sargento Mario Portes García) y Ernesto Baéz (Teniente Eddiberto Estrella), están impecablemente creíbles. La entonación, comunicación no verbal, las debidas pausas y aceleramientos de sus respuestas al fiscal, completan el arco trazado por las preguntas lanzadas por Don Pericles. Sus actuaciones son claves, para destacar aquello que el director procura: la fría ironía con la cual se oculta una verdad aterradora.

El diseño de producción estuvo muy correcto, excepto por el corte de pelo a lo Bart Simpson de Ico Abreu, que me distrajo bastante.

Sin embargo, lo que afecta a esta parte de la película en modo que afortunadamente podría ser revisado, en una próxima edición del director, es aquello lo que Arriaga denomina, “escenas de cafetería” que no es otra cosa, que la regla dictada por el dramaturgo ruso Antón Chejóv “Muéstramelo, no me lo cuentes”.

Demasiados detalles del interrogatorio, son contados y no vistos en la pantalla. A la edición que he visto de la película, se le pueden agregar, muchos más entrecortes que los que ya trae. Algo que nos muestren lo que, a decir de los interrogados estaba pasando. Esa es la genialidad de “Rashomon”. Cada testigo del clásico “trial-film”, cuenta una historia diferente del mismo hecho, y Kurosawa nos muestra cada una, hasta la de muerto!

Dicho lo anterior, reitero mi reconocimiento a Etzel, por aproximarse en ese modo de contar los hechos, que a su vez se inspira en  “El Rey Lear” del dramaturgo inglés William Shakespeare. En efecto,  el muerto, es decir Amín, también habla y cuenta el presagio de su propia muerte.

El director tenía y tiene un trabajo madurado en buen gusto y conocimiento técnico, que no dejo de observar pese a mis señalamientos. Aprovecho para aplaudir el sonido y la cinematografía que es más que digna, elegante y con en lo visual, trae un difuminado, que entona con la viscosidad de la investigación trunca. Bravo!

Sobre el tercer y último acto, es decir la escena real del crimen, solo me toca ponerme de pie y aplaudir, al director su equipo técnico y artístico. Desde el No. 339, la influencia de Fahrenheit 451 del director de cine francés François Truffaut, es evidente.

Entre las actuaciones durante ese último acto, Margaux Da Silva, en el papel de Mirna, la esposa de Amín, está en total control. No sé cómo lo lograron tan bien, pero manejaron al bebé a la perfección. Llora cuando se precisa, y se deja cargar de los actores como si fueran sus verdaderos parientes.

Etzel escogió mantener en un misterio todo sobre Amín. En efecto, no vemos su cara hasta el tercer acto, y nunca se le concede un primer plano o close up, a Guillermo Liriano (Amín), que lo trae a la vida, muy bien. Esa es una decisión que respeto pero no comparto. Conozco la técnica de ocultar una palabra o nombre en una narrativa para enfatizarlo. Pero este caso, ese nombre o palabra era Balaguer. Yo a Amín le hubiera dado un acercamiento en algún momento oportuno, en ese tercer acto. Es más, su entrada a escena es de espaldas, y hablando con la joven del servicio. Si hay algún corte por ahí, donde veamos a Amín en primer plano con Mirna, esa sería la entrada a escena, que me gustaría el director reconsiderara.

Por último, y con debido respeto, sugiero agregar un primer acto, de lo que se denomina el “mundo en equilibrio”, en este caso Amín, antes del crimen. O bien, esa puede ser una precuela de esta película. También puede agregarse, en un formato no lineal, para no alterar el inicio, in media res, tan bien logrado en el primer acto de interrogatorio. Así invertido, podría quedar en el final.

Pues, para mi hijo de 20 años o cualquier otro miembro de la generación milenio o persona en el extranjero que no conozca por qué mataron a Amín, sería justo dejarle algo más de inquietud sobre su persona. Podrían ser insertos de fotos o fílmicas si las hay, del Amín real, de sus discursos en la UASD  u otro evento que lo caracterice.

Espero que estas líneas más que una crítica demuestren un profundo respeto por el trabajo de todo el equipo técnico y artístico que laboró en “339 Amín Abel Hasbún, Memoria de un Crimen”.

Agradezco a Etzel Baéz, su interés por mis comentarios, pero más que eso, por su visión del cine y por emprender una carrera como realizador. Desde ya muy interesada en su próxima producción sobre la historia de la luchadora revolucionaria “Mamá Tingó”, Florinda Soriano.

Tenemos cine de autor en República Dominicana. Enhorabuena.

 

Angélica Noboa Pagán

29 de enero de 2017, Ciudad de México, México

 

 

 

“La Gunguna: Plátano Western”

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21 de septiembre de 2015 (revisado, mejorado y ampliado el 6 de junio de 2019, a modo Henríquez Ureña).

Ciudad de México.

Advertencia: Contiene spoilers.

Problema, deseo, oponente, plan, batalla, auto-revelación y equilibrio; explicaba Aristóteles, eran los componentes esenciales de una buena historia para contar. Hacer cine en República Dominicana, en su drama en sí mismo. Dotar de su propio lenguaje a la industria local, es poética pura.

Los conflictos de quienes hacen cine en República Dominicana, no necesitan ser explicados. Son los del sub-desarrollo. Muchos han emprendido planes, asumiendo las batallas de la recuperación de la inversión, la crítica, la oferta exportadora y lo más importante, de la búsqueda de una expresión artística.

Una producción del laborioso y talentoso cineasta Juan Basanta, ha hecho que el cine en nuestro país, haya alcanzado un nuevo equilibrio. “La Gunguna”, se auto-revela como una exploración fantástica del género western, en lo que se me antoja denominar un sub-género nuevo, “Plátano Western”. Como pasaba con western sicológicos de John Ford, ha resultado del agrado popular.

El nuevo equilibrio está soportado por los esfuerzos de artistas y técnicos, que colaboraron bajo la dirección de la ópera prima de Ernesto Alemany, un cineasta que sería encantador y aleccionador conocer. La intra-historia o “making of” de “La Gunguna”, merece ser documentada en la Cinemateca Nacional dominicana.

En la sala de cine, mientras disfrutaba de la película, recordaba cuando en nuestra pequeña ciudad caribeña, en una noche tan surrealista como la de Montás, protagonista de “La Gunguna”, el deseo de contarla, ya latía en el corazón de alguien.

Entre amigos, muchas veces he entretenido con una anécdota simpática. Por una suerte del destino, en octubre de 2000, un grupo de dominicanos, compartimos con Fito Paéz y su director musical Guillermo Vadalá, quienes se encontraban en Santo Domingo, agotando la gira de su álbum de ese año “Abre”. Ellos, por vez primera, ante el público dominicano y nosotros, frente a tales artistas. Dos noches antes de su función, los dominicanos en esa mesa de bar de la ciudad colonial, les dábamos una noción de ese público caribeño nuevo, encandilados con el acróbata y el traga-fuegos del circo beat.

Al final de la tertulia, con inesperada gentileza, los músicos argentinos nos invitaron a acompañarlos hasta su hotel la noche siguiente, para ayudarles a organizar la lista de temas de su más reciente grabación “El Rey Sol”. La producción ya lista, debía ser remitida a la mañana siguiente, a su casa disquera Sony en la ciudad de Miami. Si encuentra al pie de los agradecimientos de dicha producción, una mención al “Tribunal de Santo Domingo”, se debe a que éramos abogadas, las que, actuando cual órgano colegiado, votamos para determinar el orden en que cada canción debía de salir. El opening con “El diablo en tu corazón”, fue una resolución a voto unánime de las amigas y colegas.

La anécdota, muchas veces repetida, donde Fito es siempre el centro de la narración, en la sala de cine viendo “La Gunguna”, regresó a mi memoria, desplegada desde un ángulo diferente. Viendo el film dominicano, un detalle periférico de la velada con los músicos argentinos, pasó de sub-trama a trama principal.  De esos elementos que mi memoria solía poner de lado, pues se complacía en recordar la locuacidad, calor humano y profesionalidad del rockero rosarino, y la más modesta y tranquila presencia de su director técnico. Ambos músicos bastante relajados, incluso en los momentos de determinación de los detalles finales de su nueva producción musical.

Gracias a Roger Zayas, quien nos dejo esa encomienda groopie, pues para ese cantante de JLG y 440, conocer artistas internacionales es pan nuestro de cada día, en la mesa de amigos donde le conocimos en el bar de la calle Atarazana “Bachata Rosa”, no había quien me quitara la silla junto a la de Fito. Como la velada fue larga y hasta llevamos al circo beat en plan bar hopping por la zona, a mi amiga Ale, le dio tiempo a despertar a un primo que dormía tranquilo en su casa. Con una llamada por su celular, le puso al teléfono a Fito, quien muy buena onda, invitaba al primo soñoliento, a bajar a la zona y acompañarnos, con su acento austral característico. A la velocidad de rayo, el panita llegó hecho una euforia, se sentó frente a mí y junto al argentino. Su prima le cedía el otro asiento privilegiado a la vera del artista, a sabiendas de lo que aquello significada para el pariente.

Sentada disfrutando “La Gunguna”, era imposible no remitirme a aquel recuerdo, a aquellas plática con Fito sobre arte y cultura, quien entre otras, nos contaba que en esos días dirigía su primera película. Sobre todo, me reía remembrando la cara de total fascinación de aquel pana sentado frente a mí, con la sábanas pegadas de las mejillas y los ojos líquidos de emoción, espejo de mi propio entusiasmo, disputándonos él y yo, la atención del artista. ¡Qué gran sorpresa! El primo de mis amigas Ale y Nat, testigos de aquella noche, supe luego que se hizo (o ya era) escritor. No es otro pero Miguel Yarull, guionista de “La Gunguna”, adaptación de su propio cuento “Montás”.

Como decía Paéz aquella noche, no hay que nacer en Buenos Aires, Los Ángeles, o Liverpool, para crear arte. El trabajo arduo y auto-crítico valen más. El mérito de esta película dominicana, y de su director Ernesto Alemany ha sido comprender la importancia de la colaboración ardua, centrada, detallista y respetuosa, a intervenir, entre todos los que participan en una obra artística colectiva, como el cine.

Si tuviera que describir, como intento en este nota, el lenguaje cinematográfico de Alemany, la comparación que me asalta a la mente, es que el suyo, es una versión audiovisual del lenguaje escrito con caligrafía Palmer; aquella colección progresiva de libritos, que guiaban paso a paso nuestra niñez, por correcta grafología. Sus reglas de filmación son como las de esos cuadernillos, las ejecuta a través de caracteres y formatos sencillos pero elegantes y universales.

Luego de leer el cuento “Montás”, que agradecida recibí aquí en México, enviado y dedicado por su gentil autor, complicidad que agradezco a las primas, celebro aún más, el lenguaje cinematográfico de Alemany, para llevar la pieza literaria al formato cinematográfico. Esto es, la calidad dramática de sus encuadres, la equilibrada distribución de miradas, la repartición de gestos, la expansión a través de la acción, del relato escrito, el peso de los silencios, en especial los de Montás (Gerardo Mercedes). También, la interpretación a través de comunicación no verbal de la autoridad de un personaje sobre otro, su capacidad de filmar el miedo, la frustración y por qué no, en medio de todo, nuestro afro-caribeño sentido humor, ante las adversidades de la vida.

Como Páez y Vadalá, se percibe el respeto y colaboración mutua entre Yarull y Alemany. No dudo que hayan tenido sus pasajes dolorosos. Nunca se dijo que engendrar arte era fácil. Exhorto a leer la colección de cuentos “Bichan. 14 Cuentos Cortos y el de Montás” (2008), de Miguel Yarull. Disfruté al cuentista, tanto como al escritor para cine. Para mí, una lectura de identidades generacionales. Por fin encontré un escritor dominicano, que habla de quienes dentro de la isla, vivimos una etapa de la vida popular dominicana, desde un lenguaje que siento hermanado, con lo experimentado en ese trayecto de historia nacional.

La diáspora quedó liberada literariamente desde “Los Boys” de Junot Díaz. En Yarull, a diferencia de otros jóvenes cuentistas dominicanos, me encuentro dentro de su narración inmediatamente. Ando por ahí cerca. Si sus personajes dan la vuelta en alguna esquina, por ahí estaré en labores paralegales de mis días de estudiante universitaria en los ochenta; o llevando a mis hijos al preescolar en la década subsiguiente. Sus palabras, sus reflexiones, su trayecto a través del drama, son lugares visitados por mis penas y ansiedades de dominicana de clase media, de parecida edad a la del autor. Como explicaría Chocueca (Cuquín Victoria), Miguel Yarull escribe para todos los nacidos entre Radio Guarachita y MTV.

Otros jóvenes escritores dominicanos, de la generación milenio, narran desde el plano cenital. Pintan una historia como un cuadro chino, alejando su visión crítica, su intelectualidad lo más posible de la realidad triste que cuentan. Son el fruto de una liberalización económica, maltrecha en muchos aspectos, pero que les permitió desarrollar, como generación abierta y expuesta a influencias más diversas, una visión crítica de la realidad nacional, de la que logran separarse con una notoria independencia.

Yarull por el contrario, se sitúa como muchas otras almas en pena, somewhere between, los baby boomer como yo, y los nunca bien ponderados miembros de la Generación X dominicana. En nuestro caso, las bombas del booming, fueron detonadas en la Revolución de 1965, por los disparos de la banda colorá’, una fuerza persecutoria siniestra de los años setenta dominicanos, patrocinada por Joaquín Balaguer; y por las lacrimógenas detonadas a los estudiantes de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), por las fuerzas policíacas del mismo gobernante.

Como sus coetáneos, Yarull anda dentro de su historia, la camina, pues nuestro espíritu nunca ha dejado de vagar en pena, dentro del encierro existencial,  de una juventud confinada, donde fuimos embriones de un gesta larguísima, que lució interminable. Unos años ochenta malditos, en el vientre de la gran crisis monetaria latinoamericana, apretados por el cordón umbilical de economía de sustitución de importación y amamantados por un liderazgo político octogenario, de los dos principales líderes del país, Juan Bosch y el nombrado Balaguer. Hicimos nuestra vida juvenil, zigzageando en una realidad corta, cuyos límites perimetrales eran, la Zona Colonial, Juan Dolio, Puerto Plata y el canal 18 de Telecable Nacional. Es fascinante leerle haciendo arte del sentimiento de ahogo, en una edad crucial, que todavía pesa sobre nuestras ya encanecidas almas.

Yarull, desde el cuento es guionista. ¡Cómo lo celebro! Al leer “Bichan. 14 Cuentos Cortos y el de Montás”, se puede apreciar que su formación literaria, va aunada con muchas horas/butaca de buen cine. Algo muy propio de una generación de dominicanos que ávidos buscamos el mundo cultural, en los cortos espacios donde se encontraba. Hicimos de las salas de cine, tales como el Plaza, los Naco, la Gran Manzana, el Palacio del Cine, el Colonial, altares de nuestra necesidad de emoción y sorpresa.

Cuando lea “Montás”, apreciará su fuerza animada. Como bien explica Alfred Hitchcock, sobre el cine y Yarull domina con soltura: “Lo que se le acerca más al cuento, cuya regla general es contener una sola idea que acaba de expresarse en el momento en que la acción alcanza su punto dramático culminante. Habrá notado usted que el cuento raramente se encuentra en reposo lo que le emparenta al film.”

Con parecida gracia a la del cuentista Armando Almánzar, Miguel Yarrull, domina una escritura adaptable al cine, porque su narrativa literaria es cinética. Lees en sus cuentos, escenas y secuencias, las que por cierto, me lucen influenciadas por el estilo del mexicano Guillermo Arriaga (“Amores Perros”, “Babel”, “21 Gramos”, “Los Tres Entierros de Melquíades Estrada”).

No le conoces, pero si eres de esa gente que puede decir de memoria los nombres de los cinco VJs originales de MTV, como un cristiano el pentateuco, sabes que estas hablando con tu pana. Ese que sufre del mismo dolor punzante de la frustración en el alma, por no poder cambiar en mucho o en nada, la triste realidad de su nación. Ese que en el guion, como un Diego Velázquez, se escondió tras el personaje del “El Puchy” (Jansen Santana). Ese es Miguel Yarull, el jevito que hizo escritura creativa a mi generación y la dota de un discurso artístico. Es la misma de JuanBa, de Ernesto, con quienes ha unido su talento en esta producción.

Alemany supera un vicio frecuente en directores debutantes: Cuenta la historia de Yarull, sin que la relación psico-sexo-pasional (argot Dominican-ochentoso) que suelen tener los directores con el uso de la tecnología, compita con la trama que ha de ser contada. Esto es, la escrita por Yarull, en su guion literario adaptado, es su mesa de trabajo. Sin menoscabo de ajustes y re-interpretación visuales que únicamente vienen a explicarla y enriquecerla, en el nuevo formato.

Sospecho que fue del director, el acierto en darle al cuento original, una interpretación cinematográfica basada en el western. Esta idea se aprecia, desde la escena inicial compartida por Ascuasiati (Betania) y Terrero (el guardia), en la frontera tropical dominico-haitiana, una re-interpretación artística, de la realidad outlaw que acontece en el árido Sur Profundo de la isla y luego también, en todo el país. Lo afirmamos los dominicanos con frecuencia; la falta de Estado de Derecho, nos tiene viviendo como en tiempo de los vaqueros.

Es por lo que, “La Gunguna”, resulta nuestro “Yojimbo” (1961). Da nacimiento un sub-género, plátano western. Y cabe la pregunta, ¿Se puede hacer del Caribe del Siglo XXI una historia de vaqueros? Akira Kurosawa, en ese filme, convirtió la escena cuasi-medieval del Japón del siglo XIX, en un escenario para una historia western, cuando en un pueblito olvidado, la pistola y a su respectivo pistolero, llegan para desplazar a la espada y al samurai.

En “La Gunguna”, la pistola es la representación de una violencia que hemos heredado de un nefasto causante, el dictador Rafael Leónidas Trujillo. La pistola simboliza ese azar, ese fastidio (para no usar la mala palabra que define mejor, porque soy una señora pequeño burguesa), que niega paso a la democracia y a la vida civilizada en ese nuestro país.  Tal violencia, se manifiesta salvaje y miserablemente se reproduce, en el bajo mundo y en la alta sociedad también, para sostener un conjunto de vicios, tales como, la ambición, la pura idiotez, la ignorancia y el oportunismo. Esos molinos de viento contra los cuales, el héroe de la historia, Montás, desesperadamente intenta luchar, en nombre de todos, nosotros los entusiastas espectadores.

“Yojimbo”, en la generación de mis padres en los años cincuenta del pasado siglo, expresó una idea comprendida más allá de Japón, pues la misma escena ocurrió en algún momento en Neyba, Puebla, Córdova, Harlem, Sicilia o Barranquilla. Era y sigue siendo universal como todo el cine de Kurosawa, y le dio un giro espectacular al género western.

No me cabe duda. Alemany sabe y honra al género, así como, a la película mencionada y a su director; especialmente en la escena de “la tormenta perfecta” que Yarull, siguiendo –consciente o no- la técnica de Snyder, le escribió y el primero filmó. Me refiero a los planos de la secuencia del enfrentamiento de los bandos, un emocionante homenaje a la antológica escena del duelo final en “Yojimbo”. Encontrará el espectador a los extras completando con sus gestos y ademanes la historia, como ocurre en “High and Low” o “Siete Samurais”. Alemany es “de los míos”, ama a papá Akira como yo.

No soy pitonisa, pero me atrevo a vaticinar que “La Gunguna” logrará un efecto similar las nuevas generaciones, al menos, en una escala regional, si consigue como espero, distribución en el resto de América y más allá. ¿Qué otro latinoamericano o habitante de economía emergente o país en crisis como el triste caso de España, por ejemplo, no comprenderá, el mundo ausente de Estado de Derecho, en que vive Montás? Alguien dirá que la trama es urbana y por ende, no califica de western. Sin embargo, quienes vivimos en San Juan, Santo Domingo, Caracas, Ciudad Guatemala, Ciudad México e incluso Madrid ¿No nos sentimos acaso, en tierra de pistoleros sin vacas o caballos, pero de excesiva violencia y ante la ausencia de reglas justas?

El director se concentra en enriquecer con gags, muy buenos pero no demasiado presumidos planos y movimientos, la buena historia que ya está allí y precisa ser contada. Le siento un saborcito al tempo de Guy Ritchie, a su pulcro estilo.

En ese mismo tenor, los actores, no intentan ninguno “robarse el show”. En cambio, prefieren completar con buenas interpretaciones, el conjunto de circunstancias que comportan la trama puzzle de Yarull. Su mejor atributo fue estructurar el ensamble, desde sus respectivos papeles. Lograron no solo interpretar a su personaje, sino coadyuvar a la interpretación de los otros. De eso se trata, de contar juntos una historia, que es circunstancial y no puede desviarse a darle más atención a sus personajes individuales. La historia es sobre “La Gunguna”, esa herencia maldita que nos dejó el tirano y no sobre ellos.

Las escenas están llenas de buenos contrastes. Mantienen impaciente al público sobre quien finalmente se quedará con el revolver, por y para qué. Esa construcción rompe-cabezas de Yarull, parece superar lo que hace años Hitchcock, reveló a Truffaut, en su famosa entrevista, acerca de las películas “whodunit”, que el cineasta inglés estimaba insulsas.

Más interesante es el vaivén entre del elemento narrativo –la pistola- por las distintas manos en que cae. Es el azar dominicano, el “fucú” que Junot explicó con su exquisita literatura. Su recorrido random, es el traveling genial por el cuento de  Yarull. Alemany nos monta en un arnés y nos pasea por la violencia local. Esa en que podemos y solemos caer todos, tan solo por andar con un celular o por querer salir con esa Louis Vutton (fake o real) a la calle. En fin, por cualquiera de esos detalles, que son como el pago de un impuesto adeudado y acreditado, por el mero hecho de sobrevivir en una mala economía y un peor sistema político.

En ese recorrido, a Cruz (Micky), a Saviñón (el gago) y a Ascuasiati (Betania), les toca interpretar personajes muy intensos. Se enriquecen con el contraste. Tienen cada uno, un antagonista, no menos válido. Ou (el chino taxista), Chi Hsu (Chuito), Terrero (el guardia), cuentan otras perspectivas de la historia. La exploración de puntos de vista de esta película, goza de abundancia.

Los dominicanos y latinos en general, reconoceremos en “La Gunguna”, un delicado malabarismo. Ese balance extraño, sorteado en nuestras relaciones sociales y de clase. Ese es uno de los mejores logros del filme. Yarull es tremendo dialogista. Alemany pone su talento y equipo, para manifestar el ritmo tenso de las relaciones interpersonales. La película expone la astucia necesaria, para sobrevivir en el ambiente complicado de nuestra realidad.

El contraste es balanceado y shakesperiano. Cada actor o actriz respeta los atributos de personalidad y dimensiones que el formidable guion les ofrece. Tienen la oportunidad de darles varios registros a sus personajes. Panky Saviñón le saca gran provecho a esta posibilidad. Su “Martín El Gago” es antológico. Es de esos personajes como Joffrey Baratheon (Jack Gleenson). Te llena de ansias. Deseas que  alguien pronto le parta la cara y se haga algo de justicia. Y sin embargo, sabes que alguna vez gagueaste como él, para salir de una. Eso demuestra mucho talento para la actuación. Reconocemos en el Martín el Gago de Saviñón, al villano que todos llevamos dentro.

Según leo en IMDB, este es el primer guion de largometraje de Yarull, para que mayor sea mi admiración. Conseguir que una historia con tantos personajes, no pierda línea argumental, y que pueda además, en el mejor estilo del screenwritting latinoamericano, organizar un drama-puzzle, sobre la posesión ocasional del “rosebud” de su historia. Rosebud es la marca de un trineo y elemento narrativo de una de las mejores películas de todos los tiempos, “El Ciudadano Kane” de 1941. A la inversa de Orson Welles, autor y director de ese clásico, quien nos escondió el objeto hasta el final (el trineo de la infancia de Kane), pero devela poco a poco, al sujeto (el enigmático Kane de la adultez).

Yarull acude a otra ecuación o técnica narrativa: Nos muestra el objeto (la Gunguna), desde el inicio. No obstante, hasta el final, nos mantiene deseosos de descubrir cual de los sujetos, será causahabiente ulterior de la violencia trujillista.

Se trata de una aproximación parecida a la de Farhadi en “La Separación” (2011).  En ese película,  hasta el final nos convencemos que la hija es el centro de la historia, lo mismo que en ésta, lo es Montás. Un estilo, diría, cartesiano-rulfiano. A la mitad del cuento “Pedro Páramo” (1955), del mexicano Juan Rulfo, sabemos que nos narra una historia, un hombre muerto.

Alemany prefirió seccionar esa revelación a mitad de la historia, en lugar de dejarla para el final o revelarla desde el principio, como sucede en el cuento originalmente escrito por Yarull. Con lo cual, la persecución visual del espectador, buscando entender quien es su protagonista, resulta divertida y exquisita. Una lección de suspense hitchckoniano. Como diríamos en la isla ¡Mortal! Alemany “se la comió” con esta solución.

Quisiera comentar todos los personajes, así como, las buenas y variadas situaciones dramáticas de la película, pero escojo solo algunas. Siento algo de Snyder y su obra “Salvando al Gato” en la estructura de la historia, siendo el gato de esta película la esposa de Montás. El ceramiquero se convierte en un nuestro indiscutido héroe, cuando en la penúltima línea de la película, oculta su noche surrealista a la mujer. La salva de ese mundo cruel, en que otras mujeres no tienen más alternativa que convertirse en “cabronas” como los personajes de Betania (Ascuasiasti), la maeña (Bogaert) o Yosimil (Irrizary).

En tanto, Alemany coloca oportunos gags como la niña y el vecino, ambos violentos, en la barriada donde la pareja sobrevive en una pieza alquilada, para retratar la verdadera realidad que nuestro héroe.  Montás logra, aunque sea por ese día, liberar a su inocente pareja, de esa dura como real opción de la mujer, en estas nuestras sociedades. El esquema, es un trato justo de la problemática femenina, en el mundo precario de los países subdesarrollados. Perdón, quise decir, economías emergentes (la misma v….).

Decía Arturo Rodríguez Fernández, maravilloso autor y crítico dominicano, que no hay película dominicana, donde no se mencione Nueva York, Trujillo y Haití. Por fortuna, Alemany  conoce la lección de Kurosawa. Exhorta buscar en la realidad local, el lenguaje universal. Cumple además, gracias a la escritura de Yarull, la regla advertida por el simpático Arturo.

En este caso, no hubo New York, pero sí un pariente cercano: La isla del encanto. Puerto Rico funciona como una representación efectiva del país del dólar, a través de interesantes personajes. Yosimil, mujer puertorriqueña, es un arquetipo fantástico de la mujer que se empodera a través de manipulación, recurso del que, ninguna inocente ama de casa o recta empresaria, ha renunciado del todo. Se necesita para sobrevivir a la asimetría que siempre pesa en contra, en estas sociedades caribeñas desiguales y machistas. Yosimil tiene las mejores líneas del film. Yanina Irrizary la interpreta con sobrada gracia.

Al “Bori”, intepretado por el notable actor puertorriqueño Jaime Tirelli, le toca el rol de revelación, el que nos explica el origen de “La Gunguna”. Es  una de las escenas más duras de la película. Alemany tuvo el buen gusto de recordarnos o informar a quienes lo desconocen, de una manera artística y sutil, los métodos del Trujillato.

“El Haitiano”, interpretado por Toussaint Merione, se encarga de hacer el primer giro de la historia, allí donde descubrimos, de una manera magistral, que Montás es nuestro hombre estelar. Recomiendo muy sinceramente leer el cuento “Montás”. Descubrirá desde el cuento, que Yarull había escrito el drama de esa escena previamente en su mente, casi ya filmada, tipo story-board, guion literario y técnico. Una hazaña magistral.

La intensidad de la escena a través del diálogo que reposaba en ese cuento, hasta que Alemany nos la trajo al cine, es tan emocionante como ver la película. Los tres actores involucrados en ella y el encuadre de Alemany, recuerdan la geometría de Kurosawa (Recomiendo ver este enlace, al respecto del tema: https://vimeo.com/118078262).

Magistral ese también el logro del director, al subirla a la pantalla. La mejor escena de la película. Merionne, digno de ser recordado (y premiado), como Maximilian Schell, en esa única escena de “Julia” (1977). En ella, acentuó la trama y nos regala una emoción imparable.

Esto no es precisamente un trabajo tipo Cahiers de Cinemá, ni soy Francois Truffaut. Ha sido escrito con el corazón, pero también con la cabeza muy atenta al trabajo profesional de los artistas y técnicos dominicanos, así como, de otras nacionalidades, que participaron en la película. Aseguro que puedo escribir mucho más sobre mis reflexiones acerca de “La Gunguna”. Mejor termino aquí, soñando algún día, volver a estar en una mesa de tertulia, como la de aquella noche con Fito y Vadalá. Esta vez con los creadores, artistas y técnicos de la película de mi país.

Como espectadora, doy las gracias a todos los dominicanos que la realizaron. Como aprendiz (insistente) del oficio de escribir e intentar realizar audiovisuales, redoblo el agradecimiento. Son ustedes fuentes de genuina inspiración y motivación.

-Soporto la Gunguna man, loquísima-, como diría el Puchy.

Angélica.

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Comentarios sobre la tesis de “Inconstitucionalidad sobrevenida” al Art. 26 de la Ley General de Competencia del profesor Olivo Rodríguez Huertas

Ciudad de México,

19 de mayo de 2015

Lic. Olivo Rodríguez Huertas

Vía WorldPress-

Admirado colega y profesor, querido amigo:

He leído con mucho interés en tu blog, el artículo de fecha 17 de los corrientes, donde sustentas la tesis sobre la “inconstitucionalidad sobrevenida” al Art. 26 de la Ley General de Defensa a la Competencia No. 42-08.

En tu sabia opinión de destacado especialista de las materias constitucional y administrativa, consideras que dicha disposición legislativa promulgada en el 25 de enero de 2008, se contradice con las atribuciones constitucionales otorgadas al Presidente de la República, en la Constitución promulgada el 26 de enero de 2010, en su Art. 128, numeral 2), letra b), que establece que es facultad exclusiva del Presidente de la República, como Jefe de Gobierno, la de:

“designar los y las titulares de los órganos y organismos autónomos y descentralizados del Estado”

El referido artículo 26, de la Ley No. 42-08 señala:

“Artículo 26.- Integración y Designación. El Consejo Directivo de la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia, estará integrado por cinco (5) miembros nombrados por el Congreso Nacional de una propuesta de diez (10) candidatos presentada por el Poder Ejecutivo de la manera siguiente:

  1. a)  Cinco (5) candidatos serán presentados al Senado de la República para una elección de tres (3) miembros que, en el primer período de funcionamiento de la Comisión, durarán en sus funciones dos (2) años; y, b)  Cinco (5) candidatos serán presentados a la Cámara de Diputados de la República Dominicana, para una elección de dos (2) miembros que durarán en sus funciones, desde el mismo primer período de funcionamiento de la Comisión, cinco (5) años….”

La simple lectura de sendas disposiciones, hace tu inquietud muy válida y admisible para el análisis; pues como se lee, la Ley No. 42-08 indica que los miembros del Consejo Directivo de Pro-Competencia, son nombrados por el Congreso Nacional y no por Presidente de la República, como ordena la nueva Carta Magna, pese a que la Comisión Nacional de Defensa a la Competencia es un organismo autónomo, como lo establece su Art. 16:

“Artículo 16.- Creación de la Comisión. Se crea la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia (Pro-Competencia), como un organismo descentralizado del Estado con personalidad jurídica, plena capacidad para adquirir derechos y contraer obligaciones y patrimonio propio e inembargable. Tendrá plena independencia administrativa, técnica y financiera y estará vinculado orgánicamente a la Secretaría de Estado de Industria y Comercio. Ejercerá sus funciones con plena independencia y sometimiento al ordenamiento jurídico establecido por la presente ley y sus reglamentos y será fiscalizado por la Contraloría General de la República.” (Énfasis nuestro).

La materia constitucional exige, como hemos aprendido de valorados profesores como tu, ir más allá de la interpretación literal, hacia la integral labor hermenéutica, donde se consideren los aspectos sistemáticos y teleológicos que circundan la norma alegadamente inconstitucional, esto es, el Art. 26 de la Ley No. 42-08, por una aparente contradicción con una norma constitucional. Precisamente eso haces en el trabajo publicado en tu blog.

Te adentras a un examen de fondo en torno a la facultad de designación de tales servidores públicos, cuyas funciones las desarrollan un organismo descentralizado del Poder Ejecutivo. Pero me temo, muy respetuosamente que partes de premisas erradas o inexactas. Como consecuencia de eso, tu tesis de la “inconstitucionalidad sobrevenida”, aplicada al caso del Art. 26 de la Ley No. 42-08, presenta fisuras.

Lo más grave –y estoy plenamente segura que no fue nunca tu intención- es que la tesis desde su primera aparición, cuando en 2011 publicaste un artículo al respecto, se ha convertido en una especie de arma letal, una mina enterrada, que algunos deliberadamente podrían hacer a las personas que ocupan tales posiciones en Pro-Competencia, pisar con un empujón desprevenido.

Desde entonces, gravita una tremenda sensación de inseguridad en la función, pues no se sabe si en el día de mañana, cualquier acto administrativo dictado por los miembros electos, sería considerado inconstitucional, en tanto su designación, a tu criterio, lo es.

Pero, ¿Hay realmente inconstitucionalidad sobrevenida?

¿Sería una acción directa en inconstitucional, salida que recomiendas, la mejor para la ciudadanos protegidos por el sistema y para las empresas administradas?

Veamos una a una tus premisas y mis respetuosas críticas:

  1. Principio de Separación de Poderes y Naturaleza del Organismo.

En tu artículo señalas lo siguiente:

“En mi opinión, el artículo 26 de la Ley de Defensa de la Competencia resulta inconstitucional, por ser contrario al principio de la separación de los poderes, al poner en manos del Poder Legislativo la integración de un ente publico con funciones netamente administrativas, y por ende, distinta a la que constitucionalmente tiene asignada de legislar, controlar y fiscalizar.”(Enfasis nuestro).

Difiero radical y respetuosamente de esa interpretación al principio de separación de poderes, aplicado al caso de examen. Invocarlo, para referirse a la designación de los funcionarios que van a dirigir no un mero ente público como lo describes, sino un organismo regulador de todos los mercados del país, es mi primera y más general crítica a tu análisis. Las demás, son menos filosóficas y más específicas.

Pese a que se trata de una crítica-marco o bien, filosófica, no puedo dejar de mencionártela precisamente a ti, de quien aprendí mis modestos conocimientos sobre el Derecho Administrativo. Hace tiempo descubrimos que tal principio no es sacrosanto.

El principio de separación de poderes, puede y debe, en el mejor interés jurídico-constitucional, ser penetrado para crear organismos como Pro-Competencia, de naturaleza mixta, un modelo administrativo-sancionador, en todas las latitudes a la fecha, de probada eficacia.

Como bien señala su Art. 17, sus atribuciones no se limitan a aspectos “netamente administrativos”, como erróneamente señalas. Estimar a Pro-Competencia, un órgano simplemente administrativo sería un serio y grave error.

Dicho artículo anuncia lo que más adelante, en el cuerpo de esa legislación se desarrolla; esto es, el otorgamiento de claros e indiscutibles poderes administrativos sancionadores a la entidad.

“Artículo 17.- Objetivo. La Comisión Nacional de Defensa de la Competencia tiene como objetivo promover y garantizar la existencia de la competencia efectiva para incrementar la eficiencia económica en los mercados de productos y servicios, mediante la ejecución y aplicación de las políticas y legislación de competencia y el ejercicio de sus facultades investigativas, de informe, reglamentarias, dirimentes, resolutivas y sancionadoras.” (Énfasis nuestro).

La Comisión Nacional de Defensa a la Competencia, no es un mero ente público. Al igual que el Instituto Dominicano de las Telecomunicaciones (INDOTEL), este último ya, con casi 20 años y evidencia mensurable de su eficacia, constituyen ejemplos de una reconocida y admitida excepción al principio de separación de poderes, del moderno Derecho Administrativo.

Precisamente porque el principio de separación de poderes es penetrable, para dar funcionalidad a estos sistemas modernos de justicia administrativa, sin menoscabo claro está, de la garantía a la tutela judicial efectiva, sorprende encontrarme con tan tajante invocación del principio, cuando se debe a la elección de sus miembros directivos.

Ya la propia naturaleza del organismo, cuya creación y existencia es la excepción misma del principio, admite que el legislador de 2008, pensare en el mecanismo previsto en el Art. 26 de su estatuto, a modo de contrapeso, que consideras devino inconstitucional en 2010.

Por cierto, te puedo dar el testimonio, pues estuve allí, haciendo labores de participación ciudadana,ç como una más, de que fue el 26, un artículo debatido y celado por los miembros del Congreso Nacional, que participaron vía las comisiones correspondientes, en el debate del contenido de la Ley General de Defensa a la Competencia. No fue una decisión o recomendación de los consultores, las empresas o el Poder Ejecutivo.

Sobre la naturaleza del organismo, en verdad no entiendo por qué te detienes al describirlo, en las facultades fiscalizadoras. Parecería que hablaras de las agencias recaudadoras de nuestro sistema, y que por ende, asimilas a Pro-Competencia con la DGII y la DGA, que se limitan, como mucho, a fiscalizar para recaudar, no comprendiendo, como me consta conoces, el objetivo integral del organismo.

Podría pensar en algún momento que fue un desliz de la redacción del artículo, pero lo reiteras a seguidas:

En efecto, las funciones puestas a cargo de la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia son típicas funciones administrativas de regulación en el ámbito de los mercados.”

¿Funciones típicas?

Funciones típicas de regulación o reglamentación, en materia de mercado, son por ejemplo, las del Ministerio de Industria y Comercio. Pro-Competencia, ni siquiera en sus facultades reglamentarias es típica, puesto que cuando regula, lo hace para limitar la esfera de aplicación del derecho fundamental a la libre empresa.

Menos aún consideraría típicas, sus agudas facultades de investigación, juicio y sanción. Tan atípicas son, que por casi 8 años, todo el poder político se ha resistido en aplicarlas, dando tristemente la espalda al interés de la mayoría, con tal de no enfrentar el poder económico. Eso de típico tiene poco o nada.

  1. Símil con el caso TC 234/14 decidido por el Tribunal Constitucional.

Luego de dictada la referida sentencia, consideras que existe una nueva y más concreta aplicación de la tesis de la “inconstitucionalidad sobrevenida” al Art. 26 de la Ley No. 42-08.

De manera específica señalas:

“En su sentencia TC 234/14, el alto órgano de justicia constitucional dominicano consideró inconstitucional esa integración de legisladores en un organismo sujeto a la esfera funcional del Poder Ejecutivo, justificándolo entre otros aspectos, en lo siguiente:

“10.8. En esta línea de pensamiento, desde el esquema Kelseniano de división de funciones que se da a lo interno de la estructura de separación de poderes del Estado que se adopta en nuestra Constitución, el Poder Ejecutivo tiene la función de ejecutar las normativas generales que emanan del Poder Legislativo, las que le permiten realizar sus funciones políticas y administrativas, por lo que al confluir en la especie la función legislativa “legis latio” y la función ejecutiva “legis executio”, se genera la existencia de una contraposición de funciones, por cuanto no se permite que los senadores y diputados puedan participar en el cumplimiento de las actividades ejecutivo administrativas que realiza el Poder Ejecutivo, salvo lo dispuesto en la Constitución para el necesario control recíproco entre los poderes públicos”.

El fallo indudablemente muy interesante, en mi opinión, sirve de poco para concretar tu tesis al Art. 26 de la Ley No. 42-08.

Claramente el TC refiere un criterio de contraposición de funciones en ese caso, que no guarda relación directa con el mecanismo de selección de los miembros del Consejo Directivo de Pro-Competencia.

En ese caso, miembros del Poder Legislativo, participaban en actividades al seno de un órgano del Poder Ejecutivo. Su intervención no tenía ninguna rasgo constitucional defendible. Se trataba de una injustificada invasión de un poder sobre otro.

¿Podemos decir lo mismo del caso del Art. 26 de la Ley No. 42-08? Para nada.

Podrías invocar este precedente si el Art. 26 extirpara al Poder Ejecutivo, la potestad de nombrar los miembros del Consejo Directivo de Pro-Competencia. Esto es, si:

  1. El Congreso los eligiera directamente;
  2. Si tuviera poderes de veto sobre cualquiera de los candidatos que claramente señala el Art. 26 serán remitidos por el Presidente de la República.

Los verdaderos efectos del mecanismo del Art. 26 son los siguientes:

  1. Nadie que no haya sido nominado previamente por el Presidente de la República llegará a ser miembro del Consejo Directivo de Pro-Competencia.
  2. Sin dejar de reconocerte las indeseables dilaciones que en la práctica, las dos cámaras han tenido en nombrar a los funcionarios, ellos solo tienen un poder de selección. Y es más, pena que las asociaciones empresariales y organizaciones de la sociedad civil, no hayan sido más diligentes en exigir a ambas cámaras, un proceso más transparente, que permita conocer de antemano quienes son los candidatos, y si reunen las calidades requeridas por la Ley. Pero ese mismo desinterés en abrir audiencias de reconomiento de candidatos, parte del momento en que las candidaturas fueron hechas públicas por el Presidente. Por tanto, ha sido la sociedad quien ha renunciado a tener una participación ciudadana más activa en este proceso, pero eso no cambia el hecho de que el Congreso Nacional, puede dilatarse, pero no puede vetar a ningún candidato.

Por todo lo anterior, ya no literalmente, sino teleológicamente te pregunto:

¿Quien designa a los miembros del Consejo Directivo de Pro-Competencia?

¿El Presidente de la República o el Congreso Nacional?

A mi me parece que es el Presidente, aquel con derecho de goce.

El único esmero, para preservar la atribución constitucional, es presentar 10 buenos candidatos, para que entre ellos, 5 resulten electos, en los diferentes momentos en que se activa la potestad.

¿Limita el Art. 26 de la Ley No. 42-08 el ejercicio de esa facultad?

No voy a ser obtusa en no reconocerlo. Ciertamente hay un límite, no en cuanto al derecho de elegir las personas que considere calificadas para las funciones, pero en definir con rapidez y de manera directa, cuándo deben ser nombradas. Pero eso a mi modo de ver, no comporta la inconstitucionalidad. La prerrogativa respecto de la persona a ser elegida, no así el tiempo de su elección, es lo protegido por la Constitución de 2010.

Lo anterior, al margen de que el mecanismo ha sido otro obstáculo político más, sumado al desinterés del Presidente de la República (el actual y los anteriores por los últimos 20 años) a la puesta en vigencia de la Ley No. 42-08.

Cierto que el Congreso Nacional ha sido lento y negligente en la elección de los miembros del Consejo Directivo de Pro-Competencia. Pero rara vez el Presidente Medina se ha referido a esa Ley o ha hecho mayores esfuerzos públicos para la entrada en vigencia del sistema, mientras el contribuyente, el ciudadano y la empresa que necesita garantías a su libre y leal competencia, pagan y esperan.

  1. Sobre tu recomendación y el riesgo que se deriva de ella.

Finalmente recomiendas:

“La salida al tema es que legisladores en el número establecido en el artículo 185 de la Constitución, o el Presidente de la República, eleven al Tribunal Constitucional una acción directa de inconstitucionalidad, aprovechando para incluir en la acción otras leyes semejantes que integran legisladores en Consejo Directivo de organismos autónomos y descentralizados del Estado, o que someten a un acto de control a posteriori (aprobación) el nombramiento de integrantes  de entres de la misma naturaleza, como es el caso, respectivamente, de la Ley 28-01 sobre “Zona Especial de Desarrollo Fronterizo”, y la Ley 1-02 sobre Practicas Desleales de Comercio y Medidas de Salvaguarda.”

La primera observación es que no procede la asimilación de la Ley No. 42-08, con las leyes No. 1-02 y 28-01. Las funciones de sus respectivos integrantes, no son de la misma especie. Ya he desarrollado que en el caso de la Ley General de Competencia, se ordena un procedimiento administrativo sancionador, en aquellas leyes no. Concurro que tales partes, en principio, podrían elevar la acción, y quizás la tesis de la “inconstitucionalidad sobrevenida” prospere en el TC, pese a mi criterio contrario.

Sin embargo, el gran y terrible riesgo es que esa tesis exista y se ventile, siendo tu derecho como abogado y académico, es que la recomiendas a esas partes públicamente. Me temo no eres el único abogado en ejercicio. La misma pueda ser aprovechada y tergiversada por colegas, a fin que en el día de mañana, sus clientes corporativos puedan eludir, una regulación, investigación o sanción, en fin, cualquier acto administrativo dictado por los actuales consejeros nombrados luego de la reforma constitucional. No creo que ese haya sido tu objetivo, ni infiero que estarías de acuerdo con que tales partes (empresas investigadas o sancionadas) reúnan los méritos para elevar la acción.

Personalmente entiendo que no los tienen. Pero lo cierto es que desde que lanzaste esa tesis por primera vez, he escuchado a muchos colegas, incluyendo a personas afectadas directamente por la misma, indicar que la misma crea una terrible incertidumbre sobre el accionar de los consejeros de Pro-Competencia.

Más allá del ejercicio académico, que pude haberlo externado en privado como amiga y colega, siempre con el mismo respeto, hago pública mi opinión, porque si tal acción que recomiendas al Presidente de la República o el número de legisladores establecidos en el Art. 185, no es promovida, subyace una consecuencia muy negativa.

La gravitación de tu tesis en el mundo jurídico y empresarial, es una bomba de tiempo contra la eficacia de Pro-Competencia; una tesis que en mi respetuosa opinión contiene fisuras, parte de premisas erradas y en una buena técnica interpretativa, me resisto a considerarla la base para la inconstitucionalidad del Art. 26.

Hubiera preferido que tu recomendación a esas mismas partes, sea de modificar la Ley para otorgar esa la atribución al Presidente de la República, en lugar de una acción directa en inconstitucionalidad del Art. 26. Con esa propuesta, estaría más que de acuerdo.

La creación de un régimen de promoción y defensa a la competencia, es un tema esencial del estado social y democrático de derecho. Es una pena que los actores políticos, no solo los de ahora, sino los de los últimos 20 años, hayan tenido un interés tan precario en apoyar el desarrollo de ese sistema. Esa modificación, sin dudas, aligeraría el peso político negativo que la Ley No. 42-08 ha tenido en su contra.

Por el contrario, una innecesaria acción directa en inconstitucionalidad, solo retrasaría y enrarecería –aún más- las posibilidades tan dilatadas de proveer estas garantías de justicia económica a nuestra sociedad.

Es muy posible que tengas más de un argumento para rebatir mis puntos de vista, en tu mejor entendimiento de la materia administrativa-constitucional. Te dejo, no obstante mis genuinas inquietudes, pues más allá del placer del estudio y debate con tan distinguido colega, subyace la preocupación ciudadana de una tesis que puede ser nefasta para la seguridad y desarrollo de Pro-Competencia, y en consecuencia, para la justicia económica de la sociedad dominicana.

Con el cariño y admiración de siempre,

Angélica Noboa Pagán.  

Tributo al Dr. Luis Heredia Bonetti.

lhbEn 2008, escribí estas líneas de agradecimiento, las que leí a sus destinatarios, en ocasión de un homenaje organizado por mi querida amiga y ex-compañera de labores, Claudia Cabral Lluberes en su residencia, al Dr. Luis Heredia Bonetti. Fue un reencuentro bellísimo, con un grupo numeroso de pasados abogados asociados, de la firma Russin, Vecchi y Heredia Bonetti.

La actividad se desarrolló de manera casual, fue muy emotiva, como las palabras que expresé ese día y siguen. No se trata de un documento formal. Incluye anécdotas y comentarios jocosos propios de una reunión de remembranzas entre viejos amigos.

No obstante, al observar como toda la comunidad jurídica expresa su duelo, ante la partida, en el día de ayer del Dr. Luis Heredia Bonetti, las comparto, del modo que fueron escritas y leídas a Don Luis y demás socios de RVHB, como testimonio reiterado de mi agradecimiento a ese distinguido caballero.

“Apreciados Don Luis, Georges, Doña Rosa, familia Ramírez Risk, Sres. Russin y Finch:

En ocasión de este reencuentro que Claudia ha tenido la gentileza de ofrecernos a todos sus antiguos compañeros de trabajo, para junto a ella, honrarlos a ustedes, deseo expresar mi genuina gratitud a mis antiguos supervisores de RVHB, en primer orden, por permitirme iniciar un desarrollo profesional por casi una década en RVHB, así como el legado del que permanezco causahabiente, luego de trabajar bajo su tutela.

Como muchos de mis antiguos compañeros de trabajo, llegué a la firma, muy joven, con escasa experiencia y con los elementales conocimientos teóricos de la todavía tradicional enseñanza universitaria del derecho de los años 80.

Tiempo después, luego de salir a perseguir nuevos caminos profesionales, he podido constatar una y otra vez, el valor tanto de la oportunidad como de la instrucción recibida y atesorada, la que clasifico en 4 ejes básicos:

El primero y más notorio rasgo del perfil de los profesionales que están o ha pasado por esa escuela, es la macro-visión en el desempeño de sus tareas profesionales.

Con inolvidable el entusiasmo Don Luis me deleitaba en cualquier momento, en su despacho siempre abierto, para responder a mis preguntas e inquietudes, como la de todos, con sus reflexiones sobre las noticias de actualidad y el impacto de novedades políticas y económicas en el devenir de los negocios de los clientes de la firma, cuyos asuntos teníamos asignados.

El ejercicio, además de harto entretenido, tenía un propósito de gestión humana específico, pues salíamos de allí, con una adecuada recomendación técnica pero además práctica y realista en provecho propio y en consecuencia del servicio a prestar al cliente en cuestión. Ese es Don Luis, una persona que encanta, pero al tiempo motiva a la productividad.

Asimismo, es imposible no recordar su exquisita elocuencia en cada reunión de staff para comentar diversos aspectos relacionados con la producción agrícola, industrial y agroindustrial, así como el suministro de servicios de turismo, telecomunicaciones, financiero, la institucionalidad y los temas del sector justicia, entre otros.

Confieso, que a través de esa facilitación de Don Luis, aprendí más que a leer a comprender acerca de esos temas, quedando con gran apetito para entender mejor ese “derecho vivo” del que nos habla desde esa época. Su expresión se adelantó 20 años al debate actual, en que los sectores procuran que la Constitución y sentido general, toda la normativa sean instrumentos vivos para la sociedad en lugar de un tema calificado para complicadas discusiones entre abogados.

Derecho vivo. A veces lo más evidente, requiere de una mentalidad más ágil y abierta como la que Don Luis siempre ha exhibido como abogado.

Pero lo más atractivo, en ese contexto intelectual, para una joven profesional como era quien habla en ese momento, fue evidenciar la destreza de Don Luis en la formación de tales tendencias de opinión en el debate público nacional y luego internacional a través de la Semana Dominicana en NY y otras ciudades.

Así nos acostumbramos a ver ir y venir en la oficina, periodistas, altos representantes de las asociaciones empresariales y hasta ver nacer a una destacada organización de la sociedad civil como FINJUS. En una tarde en “Coloquios Jurídicos”, sencillamente ocurrió la idea como una verdadera epifanía. Celebro el hecho de que tan temprano en mi carrera haya visto ocurrir algo así en primera fila, pudiendo asumir hoy la importancia del evento.

De ese modo elegante, el Dr. Heredia devino parte de la noticias. No había una semana que transcurriera sin que algún medio procurara su opinión sobre temas diversos. Un digno representante de la generación de cambio que transformó a nuestro país de una tradicional economía basada en el monocultivo a una economía de servicios generadora de divisas, oportunidades de inversión, empleo y desarrollo, en sentido general.

Me confieso una afortunada testigo de excepción de ese momentum, que hoy una cuenta a alumnos y profesionales más jóvenes como parte de la historia institucional reciente de nuestra nación. Como asociada de RVHB, me encontraba sentada en cómodo sillón de palco viendo la obra.

En adición, allí al ladito de Mr. Russin, en el despacho contiguo, a millas de distancia de caída de la Unión Sovietica, me parece haber vivido de cerca la Perestroika. Y en un tiempo en que no existía ni Internet, ni google, ni tanta información, las anécdotas de

Mr. Russin sobre sus negocios en Rusia, eran sencillamente fascinantes. Sobre todo combinado al hecho de la cantidad de otros negocios jurídicos que este tenía en nuestro país. La globalización no fue algo que leí en la prensa, lo vi ocurrir ante mis ojos.

Junto a Don Luis, Georges, Doña Rosa y Don Hugo, hicieron su parte modelarnos un concepto de buen ciudadano corporativo y profesional, en sus esfuerzos respectivos en las áreas jurídicas de su interés no sólo para promover clientela a la firma, sino además en aspectos de genuino interés cívico.

De esa manera disfruto cada vez que veo reproducirse y multiplicarse ese modelo de gestión de entorno o servicio público en las labores que realizan Alejandro, Enrique, Aura Celeste, Connie, Leyda, Pancho, Mary y Marcos, y otros “kaplanianos” motivados a participar el debate público o a prestar servicios directamente en la administración pública y sonrío al darme cuenta que conozco de cerca al maestro que inició todo ese gran “ejército de transformadores”.

Así aprendimos que el éxito profesional no tiene ni debe impedir que el ejercicio de la profesión sirva para algo más que nuestra propia acumulación, sino que puede y debe servir para propósitos más nobles.

El segundo eje y uno que se acerca mucho a mi interés y vocación, es la dinámica que redefinió RVHB en la difusión de la enseñanza jurídica y su educación continuada entre profesionales del derecho, empresarios y servidores públicos.

Antes de que las academias de derecho salieran del ensueño decimonónico en que aún se encontraban y previo a la existencia del ahora variado mundo editorial jurídico, oficial y privado que existe en el país, Luis Heredia salió adelante y junto a los mejores en el país y organizó la serie de “Cursos de Derecho Empresarial”, junto a Miguel Angel y Mirna, los Coloquios Jurídicos de Doña Rosa, el Seminario Laboral del Don Hugo y otros foros y espacios de difusión del conocimiento jurídico.

Los entonces jóvenes que estuvimos ahí, éramos conscientes de que aprovechábamos una oportunidad de oro. Prácticamente nada de lo allí enseñado –y que vendría a definir más de 90% de lo que luego sería el objetivo de nuestro ejercicio profesional- lo habíamos siquiera oído en la universidad.

Luis Julio, Jimmy, José, Claudia, Ana María, Neris, Marcos, Fernando, Luisín, Connie, Kenia, Leyda Margarita, Aura Celeste, Marilyn, Enrique, en fin, todos los de nuestra generación, podemos dar el testimonio que esos encuentros eran el lugar adecuado en el momento adecuado.

Antes de ese renacer, que iba en paralelo con las transformaciones legislativas más importantes de los últimos 20 años, tales como la creación de la Organización Mundial de Comercio, con la Rep. Dominicana, los tratados de libre comercio, las primeras discusiones entre operadoras de telecomunicaciones para competir el mercado, las reformas de las leyes de propiedad industrial, del sector financiero, los debates en procura de abolir las vetustas instituciones legales como el judicatum solvi, la cuota-parte, los requerimientos anticuados para la inversión extranjera, o para la explotación de empresas de zonas francas, todos esos cambios, luego traducidos en nuevas leyes, lo debatimos y lideramos desde RVHB entre dominicanos, con interesantes invitados extranjeros, con nuestros colegas de otras firmas, jueces y funcionarios públicos, antes y durante su ocurrencia.

El tercero e innegociable atributo del aquel que presta servicios profesionales en RVHB, es el comportamiento y compromiso ético.

La ética profesional de la firma, no se limita nada más lo obvio, es decir, no participar de las actividades de corrupción. Eso entre personas con principio, sería muy sencillo acometer. Por lo que además, en RVHB se definieron algunos valores agregados de la ética jurídica, ampliando así dicho concepto.

Un rasgo casi autóctono de la ética administrativa de RVHB, que luego más y más firman han ido adoptando, es el mecanismo de facturación por hora, que antes que el Sr. Russin y Don Luis la implementaran, ninguna otra firma dominicana utilizaba.

Considero ese mecanismo eficiente y transparente de cobro de servicios profesionales, un indicador inequívoco de las mejores prácticas profesionales. Esa forma de competir en el mercado de servicios jurídicos sencillamente transformó el costo de la oferta, anticipándose RVHB a una demanda que iba a preferir la firma, por tan sólo ese elemento de seguridad en su inversión en el servicio.

Eso damas y caballeros es ética profesional. En RVHB ningún cliente es atropellado con una sorpresiva o abusiva factura, que el cliente no haya podido previamente consentir, presupuestar y anticipar.

Otro valor agregado de la ética profesional de RVHB que me interesa destacar el sentimiento de compañerismo que Don Luis, Don Hugo, Georges, Doña Rosa, modelaban respecto de sus colegas en otras oficinas de abogados en Santo Domingo y otras ciudades con negocios jurídicos como Santiago, Puerto Plata, La Vega, Bonao, etc.. Independientemente de que debatiera un aguerrido litigio o se negociara una sensible transacción, todo colega que pisaba nuestra firma, era tratado por nuestros supervisores como amigos, con camaradería, buena fe y profundo respeto.

En RVHB, nunca oí a ninguno de mis supervisores siquiera referirse a un colega de manera inadecuada. Un colega no era ni es un competidor a quien se le destruye con bajezas. El colega era un contrincante ocasional, pero siempre a los ojos de mis jefes de entonces, más bien antiguos amigos universitarios, del colegio, del vecindario, del ejercicio.

Finalmente como elemento esencial de esa ética profesional kaplaniana, destaco como en todos los años que tiene la firma, esta nunca ha sido instrumento de algún partido político, como ha conservado su autonomía y demostrando con ello que para ofrecer al cliente nacional o extranjero unas buenas relaciones de interdependencia con las autoridades de turno, sólo es preciso desarrollar una práctica con la excelencia y altura profesional.

El cuarto y sentido eje del legado que recibí de RVHB, fue la construcción de un sentido de comunidad entre sus miembros.

Cuantas veces Don Luis y la Doña Maureen, el Sr. Russin y Doña Tony, nos abrieron sus hogares y nos deleitaron con atenciones. Con cuanta generosidad Doña Rosa hizo las veces de madre “corporativa” dándome ánimos en momentos duros que le acompañan a cada quien en su vida.

Existe un recuerdo que nunca voy a olvidar y es que cuando regresé de los EE.UU. luego de confirmar el diagnóstico de Parálisis Cerebral Infantil de Hugo Sebastián, mi hijo; Georges apenas me dejó poner la cartera sobre el escritorio y se sentó conmigo por largo rato a conversar conmigo sobre el tema, a darme ánimos y reiterarme su apoyo.

Y lo demostraron, pues pude compartir con la práctica esos primeros años de intervención temprana de terapias al niño con el trabajo, sin que las ausencias y tardanzas fueran observadas.

Pero como comprenderán, en el caso de Don Hugo Ramírez Lamarche, tengo misión especial de por vida, compartida con Hugo José Ramírez Risk, padre de mis hijos, pues debo encargarme de testimoniarle a mis dos hijos, el gran tipo, para usar sus palabras, que era su abuelo.

Don Hugo conmigo no optó por ser un pariente político distante en nuestra vida familiar pero tampoco complaciente en nuestro trabajo compartido en la firma. Más de una vez me llevó a su despacho con aquella frase que empezaba:

-Siéntate y déjate decir una cosa-

Ya sabía me iba a tirar de las orejas por algo malo que hice; pero al mismo tiempo, con su forma graciosa de decir las cosas, me enseñó, además de lo poquito que sé de Derecho Laboral, y otra cosa, esto es, que al cliente se le ha de tratar con sencillez y claridad.

Eso es lo más recuerdo de Don Hugo en la oficina. La forma casi mágica con que conseguía conectar anímicamente con sus clientes. Simplemente tenía gracia para caerles bien, generar confianza, y hacerlos sentir que su dinero en abogados estaba bien invertido. Creo que llegó hasta apradinar al hijito de un cliente. Eso lo dice todo. César Mijares ¿Recuerdan?

(…)

Para terminar este largo escrito ampliatorio, quiero motivar una solicitud al Dr. Heredia. Lamentablemente mucho de lo descrito más arriba, respecto de la ética, las elegantes relaciones de interdependencia, el sentimiento de comunidad e incluso hasta la correcta y no atropellada difusión de las ideas, es algo que se ha desdibujado en tiempos más recientes en nuestra comunidad jurídica.

Pienso que una vida profesional llena de experiencias únicas como la de Don Luis deben pasar al conocimiento de otras personas, que no conocen esas anécdotas, legados y enseñanzas.

Como otras personas en similar posicionamiento, pienso que escribir unas memorias sería en ejercicio, primero reflexivo y valioso desde la comodidad de la sabiduría que da la experiencia y que regalaría a sus linda y larga familia formada por su esposa, hijos y nietos, su más importante obra.

Gracias nuevamente.

Angélica Noboa Pagán”

Diciembre 2008.